Supervivencia del Hermetismo

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El Hermetismo toma su nombre de Hermes Trismegisto, el tres veces grande, un personaje arquetípico que actúa como intermediario entre lo de Arriba y lo de Abajo, entre lo invisible y lo visible, el cual pudo sobrevivir, mediante elaboradas técnicas de camuflaje y adoptando nuevas identidades, a lo largo del medioevo, el renacimiento y también en las épocas más recientes.  

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hermesEl pensamiento hermético ejerció una fuerte influencia en Roma, en el cristianismo primitivo y el gnosticismo alejandrino, permaneciendo siempre presente en los más diversos ámbitos como los gremios de constructores de catedrales, las órdenes de caballería y en los laboratorios donde se practicaba la Alquimia.

Recordemos una vez más la importancia cultural e iniciática de la ciudad de Alejandría, cuyo Museo constituyó un verdadero caldo de cultivo para que se pudiera consolidar una Gnosis occidental, la cual fue sustentada en dos grandes pilares: el hermetismo y el neoplatonismo. Dicho de otro modo, fue en esta ciudad mediterránea donde el conocimiento esotérico, bajo el nombre de “hermetismo” terminó por consolidarse como un cuerpo de doctrinas que buscaban explicar el Macrocosmos y su relación con el microcosmos en función de una serie de correspondencias que fueron resumidas en una sola frase: “Así como es arriba es abajo”.

Después de la caída del imperio romano en Occidente, el conocimiento hermético pasó por un período de ocultamiento entre los siglos VI y VIII. Este soterramiento cíclico ha sido constante a lo largo de la historia, donde han existido períodos de manifestación plena de Tradición Iniciática y otros de repliegue, donde la mejor forma de mantener viva la llama era ocultándola a la vista todos.

Una de las formas más hábiles de esconder el conocimiento esotérico ha sido conservarlo en las cosas más evidentes: en cuentos infantiles, en leyendas, en novelas, en juegos como la rayuela, el parchís o la oca, e incluso de forma intangible, como es el caso del primer tarot  (arquetípico) que fue transmitido de boca a oído durante siglos hasta que en la Italia renacentista pudo ser puesto de manifiesto en la forma de 22 arcanos. 

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Medioevo y Templarios

Durante el medioevo, el hermetismo se mantuvo vivo gracias al Islam, donde el conocimiento antiguo fue celosamente preservado en enormes bibliotecas. Tal vez la más importante de todos estos proyectos culturales fue la “Casa de la Sabiduría” (Bayt al-Hikmah), inspirada en la Biblioteca de Alejandría, donde se tradujeron muchísimos textos y donde se recibía con los brazos abiertos a la gente del libro (Ahl al-Kitab), es decir que estaba abierta no solamente a musulmanes sino también a judíos y cristianos.

templariosDurante las cruzadas, los caballeros cristianos (especialmente los Templarios) tuvieron la oportunidad de tomar contacto con este conocimiento que se había perdido en Occidente y se contactaron de manera subterránea con algunos círculos iniciáticos musulmanes, especialmente con los ismaelitas, que se autodenominaban “guardianes de Tierra San­ta”.

Los Templarios y los Ismaelitas compartían esta misma función: eran guardianes, y es bueno recordar aquí la interpretación de René Guénon sobre esto. Según el autor francés: “Estos “guardianes” tienen una doble función: por una parte, son propiamente los defensores de la “Tierra Santa” en el sentido de que vedan el acceso a quienes no poseen las cualificaciones requeridas para penetrar, y constituyen lo que hemos llamado su “cobertura externa”, es decir, la ocultan a las miradas profanas; por otra parte, aseguran también así ciertas relaciones regulares con el exterior. (…) En el mundo occidental, donde lo espiritual toma la forma específicamente religiosa, los verdaderos “Guardianes de la Tierra Santa”, en tanto que tuvieron una existencia en cierto modo “oficial”, debían ser caballeros, pero caballeros que fuesen monjes a la vez; y, en efecto, eso precisamente fueron los Templarios” (1).

De acuerdo a Julius Evola: “La ca­ballería cruzada acabó encontrándose frente a una especie de repro­ducción exacta de sí misma, o sea frente a guerreros que tenían la misma ética, las mismas costumbres caballerescas, los mismos ideales de «guerra santa» y, además, las correspondientes vertientes iniciáti­cas” (2).

Por otro lado, los alquimistas inspiraban su trabajo en la figura arquetípica de Hermes-Mercurio y especialmente en uno de sus textos, la Tabla Esmeralda, que reza:

I. Es Verdad, sin falsedad, cierto y muy verdadero.
II. Lo que está arriba es como lo que está abajo, y lo que está abajo es como lo que está arriba, para realizar los milagros de la Cosa Una.
III. Y como todas las cosas provienen del Uno, por la mediación del uno, todas las cosas nacieron de este único ser por adaptación.
IV. El sol es su padre, la luna es madre, el viento lo lleva en su vientre, su nodriza es la tierra.
V. Este es el padre de toda perfección, o consumación de todo el mundo.
VI. Su poder es integrante si es convertido en tierra.
VII. Separarás la tierra del fuego, lo sutil de lo denso, suavemente, con gran habilidad.
VIII. Se eleva de la Tierra al Cielo y desciende nuevamente a la Tie­rra, y recibe Poder desde Arriba y desde Abajo.
IX. Así obtendrás la Gloria del Mundo entero y toda oscuridad huirá de ti.
X. Este es el mayor de todos los poderes porque vence la cosa más sutil y penetra toda cosa sólida.
XI. XI. De esta manera el mundo es creado. A partir de aquí se obrarán aplicaciones asombrosas, porque este es el patrón.
XII. Por eso soy llamado Hermes Trismegisto, por tener las tres par­tes de la sabiduría del mundo entero.
XIII. Lo que he dicho de la operación del Sol es completa.

tabla esmeralda

La labor de los alquimistas era solitaria y nunca existió un colegio ni una orden que nucleara a éstos, por lo tanto no es posible hablar de un colegio ni de una corriente iniciática alquimista (al menos hasta la aparición del rosacrucismo) sino de esfuerzos independientes y de contactos esporádicos entre filósofos que seguían un mismo camino. En otras palabras, los alquimistas se inspiraban en el trabajo de autores anteriores y se centraban en su trabajo operativo, en la experiencia directa en el laboratorio, siempre bajo la inspiración de Hermes el tres veces grande.

Este punto es muy importante y puede ser comprendido bastante bien a través de un lúcido comentario de Mircea Eliade: “Es necesario no perder de vista que la revelación contenida en los grandes tratados del Corpus Hermeticum [y en la Tabla Esmeralda como su compendio más acabado] constituye una Gnosis Suprema, concretamente la ciencia esotérica que asegura la salvación; el mero hecho de haberla comprendido y asimilado equivale a una «iniciación».” Este nuevo tipo de iniciación, individual y puramente espiritual, hecha posible por la lectura atenta y la meditación de un texto esotérico, se desarrolla en época imperial y sobre todo después del triunfo del cristianismo. Ello es consecuencia, por un lado, del considerable prestigio de que gozaban los «libros sagrados» de origen supuestamente divino y, por otro, a partir del siglo V de nuestra era, de la desaparición de los Misterios y del eclipse de otras organizaciones secretas. En la perspectiva de este nuevo modelo de iniciación, las doctrinas esotéricas ya no se transmiten a través de una «cadena iniciática»; el texto sagrado puede caer en el olvido durante siglos, pero bastará que sea redescubierto por un lector competente para que su mensaje resulte nuevamente inteligible y actual”. (3)

Aunque no desarrollaremos este punto en este momento, lo dicho anteriormente es vital trascendencia para entender varias cosas: por un lado, el sentido del trabajo de los alquimistas y su relación (un tanto especial) con la Tradición Primordial. Por otro lado, nos sugiere la necesidad de “recuperar” en Oriente las líneas iniciáticas que se habían perdido en Occidente y, en tercer lugar, la posibilidad de revitalizar una tradición, un símbolo, una doctrina, aunque ésta se encuentre en total decadencia.

Esta idea es sumamente valiosa en nuestros días, cuando la mayoría de las escuelas iniciáticas se encuentran en una profunda crisis, con una evidente pérdida de las referencias, pero mientras se mantengan vivos los símbolos (aún sin que éstos sean comprendidos) es posible que ponerlos en acción (vivificados o activados) a través del rito y de la “captación intuitiva” de aquellos que estén dispuestos a ver más allá de lo evidente.

A esto se refería Fermín Vale Amesti cuando hablaba de un “regreso de Henoch”, que no es otra cosa que “el retorno de la tendencia pro­gresiva de evolución espiritual, polarizada en los seres humanos “despiertos” que van a estructurar e impulsar la renovación, la revivificación (Nashar) y enderezamiento o reparación de la Tra­dición Iniciática en la Nueva Edad que comienza, a fin de que la Humanidad pueda ser conducida en su esfuerzo ascendente por medio de la recuperación de una Vía Espiritual que resta­blezca todas las cosas en el orden natural y restaure a su “estado primordial” su unidad originaria. En esa reedificación de la Tra­dición Esotérica, las Escuelas Iniciáticas tienen una gran tarea a realizar, preparando a quienes reúnen las calificaciones impres­cindibles, para transmitirles la Enseñanza acerca del “Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal” para que mediante el trabajo perso­nal, el Iniciado pueda neutralizar el Binario y conocer el Secreto que resuelve el enigma de la Esfinge”. (4)

Por lo tanto, el trabajo personal hacia la reintegración se complementa, sí o sí, con una labor comunitaria de restauración, del restablecimiento de la Tradición Sagrada, y esto no pasa por la aceptación ciega de teorías exóticas sino por la vivencia plena de la Gnosis, su encarnación en cada uno de nosotros para que ésta sea proyectada de adentro hacia afuera para que la Bondad, la Belleza, la Justicia y la Verdad sean plasmadas a través de la Virtud para construir un mundo más bueno, más bello, más justo y más verdadero.

Autor: Phileas del Montesexto
www.phileasdelmontesexto.com


Bibliografía sugerida

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Notas del texto

(1) Guénon, René: „Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada”,
(2) Evola, Julius: “El misterio del Grial”
(3) Eliade, Mircea: „Historia de las creencias 2
(4) Vale Amesti, Fermín: „El retorno de Henoch

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