La Rosacruz alquímica

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 Al investigar la labor de los alquimistas y la transmisión de su conocimiento, notaremos que la inmensa mayoría de ellos era autodidacta y que nunca existió un colegio de alquimistas o una sociedad que los nucleara. En otras palabras, sus conocimientos estaban originados en la lectura, la reflexión profunda y el trabajo operativo en el laboratorio, y no en una transmisión iniciática de boca a oído. De ahí la frase del “Mutus Liber”: “Ora, Lege, Lege, Lege, Relege, Labora et Invenies” (Ora, lee, lee, lee, relee, trabaja y encontrarás).

Siendo así, no existe una terminología alquímica precisa ni estandarizada, lo que suele ser el principal impedimento para los novatos a la hora de penetrar en los misterios de la Gran Obra. Aunque los principios y las operaciones siempre son las mismas, las formas de expresarlas son bien diferentes, a lo que debemos sumar la afición de los alquimistas por dejar pistas falsas, decir medias verdades y expresarse de una forma muy oscura. Aún con todo esto, el investigador que desee profundizar en esta disciplina debe saber que la concordancia de los múltiples textos y versiones se podrá encontrar únicamente leyendo entre líneas y superando todo literalismo, a fin de captar intuitivamente el sentido último de estas obras.

Durante el Renacimiento se generaron condiciones ideales para el florecimiento de sociedades secretas y cofradías herméticas, muchas de las cuales no conocemos ni el nombre. La Rosacruz es la más célebre de estas escuelas y en ella confluyó el conocimiento hermético, el pensamiento humanista y la necesidad de una reforma política.

Según Ferdinard Hoefer, “los rosacruces fueron alquimistas que mezclaban cuestiones políticas y religiosas con sus doctrinas herméticas” (1), mientras que Frances Yates explica que “el término “rosacruz” representa una fase de la historia de la cultura europea que ocupa una posición intermedia entre el Renacimiento y la llamada revolución científica del siglo XVII. Se trata de una fase en la cual la tradición hermético-cabalística del Renacimiento recibe la influencia de otra tradición hermética, la de la alquimia. Los “manifiestos rosacruces” son una expresión de esta fase, ya que representan la combinación de “magia, cábala y alquimia” que fue la influencia por excelencia propiciante del nuevo iluminismo” (2).

Por lo tanto, podemos comprobar que la Rosacruz fue un intento por consolidar el conocimiento hermético-alquimista bajo la forma de un colegio iniciático inspirado (y conectado) con unos maestros misteriosos conocidos como “Hermanos Mayores de la Rosacruz” y donde se intuye una “Iglesia Invisible” o “Fraternidad Blanca”. 

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Los Manifiestos

Los rosacruces se dieron a conocer al público europeo a través de tres manifiestos: la “Fama Fraternitatis” (1614), la “Confessio Fraternitatis” (1615) y las “Bodas químicas de Christian Rosenkreutz” (1616), todos escritos -al parecer- por Johann Valentinus Andreae.

La vinculación de la filosofía rosacruz por el trabajo alquímico aparece claramente reflejado ya en su primer manifiesto, donde podemos leer lo siguiente: “El gran éxito actual del arte impío y maldito de los hacedores de oro incita a una multitud de bribones escapados de la horca a cometer grandes canalladas abusando de la buena fe y de la ingenuidad de numerosas personas. Algunas de ellas están ho­nestamente convencidas de que la transmutación metálica es la cima de la filosofía y su resultado, y que hay que consagrarse enteramente a ello porque la fabricación de grandes masas de lingotes de oro agrada a Dios especialmente. (…) Lo que proclamamos al respecto es lo siguiente: estas con­cepciones son erróneas. Los verdaderos filósofos opinan que la fabricación de oro no es sino un trabajo preliminar de escasa importancia, uno más entre los miles que tienen que realizar, la mayor parte de ellos de bastante más envergadura. Repetimos el dicho de nuestro padre bienamado C.R.C.: “Phy. aurum nisi quantum aurum” (¡Uf! ¡Oro! ¡Nada más que oro!”). Aquel ante cuyos ojos se abre la naturaleza entera no se alegra por poder hacer oro para, según palabras de Cristo, cebar a los diablos. Se alegra por ver cómo el cielo se desvela, cómo suben y bajan los ángeles del Señor y de que su nombre esté inscrito en el Libro de la Vida”. (3)

En el tercer manifiesto (las “Bodas químicas”) quedan en evidencia los profundos conocimientos herméticos de Andreae y podemos apreciar en ella un intento por resumir -de forma velada y usando simbología alquímica- un proceso espiritual desde la oscuridad a la luz, usando como modelo al peregrino Christian Rosenkreutz.

Con la Rosacruz, la Alquimia dejó de ser operativa y pasó a ser especulativa, aunque es preciso aclarar que esta especulación pasaba por el abandono de los hornos y las retortas y no necesariamente por una teorización del conocimiento alquímico. Dicho de otra forma: con los rosacruces las experimentaciones alquímicas ya no necesitaban un atanor físico ni una manipulación de los metales sino que todo este proceso pasó a un plano puramente imaginal, aunque su efectividad siguió siendo la misma.

De acuerdo con Franz Hartmann, las reglas alquímicas de los rosacruces eran las siguientes:

1) Sigue a la Naturaleza.
Es inútil buscar el Sol con la luz de una vela.

2) Primero conoce y luego actúa.
El real conocimiento está constituido por el triángulo compues­to por: Ver, Sentir y Comprender.

3) No uses procedimientos comunes. Usa solamente una vasija, un fuego, un instrumento.
La puerta del éxito descansa en la unidad de Voluntad y Propó­sito, y la justa adaptación de los medios al fin.
Hay muchos caminos que conducen al centro celestial, pero es importante concentrar los esfuerzos en uno solo. El que sigue la senda elegida, puede tener éxito, mientras que el que intenta caminar por muchos caminos, será retrasado.

4) Guarda el “fuego” constantemente ardiendo.
Si a los metales fundidos se les permite enfriar, antes de su trans­mutación en otros más puros, los mismos volverán a su primi­tiva vileza, y todo el proceso tendrá que ser reiniciado, desde su principio”. (4)

La Rosa

El símbolo de la rosa era muy apreciado por los alquimistas y puede ser considerado análogo al loto oriental. La Alquimia árabe centraba su trabajo en la rosa y, según Yates, esta bella flor “es un símbolo alquímico, y muchos tratados de alquimia se llaman “rosarium”, es decir “rosaleda”; también es un símbolo de la Virgen, y más generalmente un símbolo religioso místico, tanto en la visión de Dante como en el Roman de la rose de Jean de Meung. También se han explorado otras fuentes más inmediatas y personales, de las que ha resultado que Lutero tenía por emblema una rosa, y el escudo de armas de Juan Valentín Andreas era una cruz de San Andrés con rosas” (5).

rosa mosqueta

Rosa mosqueta

Desde una perspectiva simbólica, la rosa alquímica tiene cinco pétalos, en alusión a la “quintaesencia”, a ese quinto elemento que complementa y completa a los otros cuatro. En la Naturaleza, la rosa de cinco pétalos es la rosa mosqueta o eglantina, que suele decorar los senderillos montañosos de la Patagonia, y que nos recuerda a la estrella de cinco puntas, símbolo del mi­crocosmos.

Esta rosa eglantina es, seguramente, la más adecua­da para reforzar el simbolismo de la rosacruz porque sus pétalos nos recuerdan las 4+1 etapas del sendero y de la Gran Obra (Nigredo-Albedo-Citrinitas-Rubedo y la obra concluida). Aún así, en la simbología rosacruz podemos encontrar rosas con siete y doce pétalos, a excepción de la “rosacruz hermética” que posee 22 pétalos vinculados a las 22 letras del alfabeto hebreo y cinco centrales en alusión a la quintasencia a la que hacíamos referencia antes.

Militia Crucifera Evangelica

Antes de que los manifiestos fueran publicados, existió una organización proto-rosacruz llamada “Militia Crucífera Evangélica”, fundada en el año 1586 por el alquimista Simon Studion en la ciudad de Nuremberg.

En esta milicia luterana, que tenía como objetivo exotérico el debilitamiento de la influencias católicas en el centro de Europa, es considerada una especie de nexo o “eslabón perdido” entre la Orden del temple y el rosacrucismo. Los integrantes de la Militia se llamaban a sí mismos “Crucesignati” (“marca­do con la cruz”), una palabra que reconocía a los peregrinos de la primera cruzada (1095 d.C.).

Esta organización, aún sin deno­minarse directamente “rosacruz”, tenía varias características que la emparentaban directamente con los impulsos filosóficos de su tiempo y que aparecieron escritos, a inicios del siglo XVII, en los manifiestos de Andreae.

Simon Studion plasmó su ideario espiritua­l en una obra titulada “Naometría” (1604), en la cual –como sucedía en todas las obras rosacrucianas de aquellos tiempos– se pronunció a favor de una reforma general de la sociedad como una forma de remediar la decadencia moral de esos días. Por otro lado, en el libro se brindaba una interesante información sobre las medidas arquetí­picas del Templo místico utilizando a la Rosa y a la Cruz como guías. Frances Yates describe la obra en cuestión como “una composi­ción apocalíptico-profética de enorme extensión, en la que, por medio de una intrincada numerología basada en las descripcio­nes bíblicas de las medidas del templo de Salomón y de enma­rañados razonamientos sobre fechas importantes de la historia bíblica y europea, se hacen profecías sobre las fechas futuras en que tendrán lugar ciertos acontecimientos”. (6)

Aunque los registros históricos de la Militia se perdieron entre los siglos XVII al XX, se supone que algunas ramas de este movi­miento siguieron trabajando de forma subterránea, hasta que en el año 1902 algunos rosacruces de la línea de Paschal Beverly Randoph y Reuben Swinburne Clymer intentaron re-fundar el grupo bajo el título de “Orden Militia Crucífera Evangélica”. Pocos años más tarde (1933), Harvey Spencer Lewis en el seno de la Orden Rosacruz AMORC, hizo lo propio fundando una orden caballeresca interna bajo el nombre de “Militia Crucí­fera Evangélica”, donde el propio Spencer Lewis actuaba como “Generalísimo”.

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Símbolos secretos

Muchas obras rosacruces se valían de cuidadas imágenes como una forma válida para transmitir un conocimiento que no siempre podía ser transmitido adecuadamente a través del lenguaje. En este sentido, vale la pena destacar el trabajo de Michael Maeir, autor de “Atalanta Fugiens” y del inglés Robert Fludd, cuyas obras siguen siendo valiosísimas para comprender el pensamiento rosacruz de los primeros tiempos.

En el año 1785 apareció en Altona (Alemania) una curiosa obra repleta de dibujos simbólicos y vinculada a la Orden de la Rosacruz de Oro y donde se enseñan los “profundos misterios del Macrocos­mos y del Microcosmos, el Tiempo y la Eternidad, los Nombres Ocultos, los Cuatro Elementos, la Trinidad del Todo, la Regene­ración, la Alquimia, la Filosofía y la Cábala; [esto es] la Ciencia Universal”. (7)

El libro, rescatado del olvido por Franz Hartmann en 1888 y traducido al inglés, sigue siendo impenetrable para quienes intentan descifrarlo únicamente a la luz del intelecto. Sobre esto, dice el propio Hartmann: “Los Símbolos secretos de los rosacruces serán eternamente “secretos” para todos los que no alimentan en su corazón la verdad viva, y no los comprenderán nunca, aunque les den toda clase de explicaciones. Y, por el contrario, aquellos a quienes la verdad trata de revelarse y que luchan, no solo para satisfacer su curiosidad, sino que aman la verdad por lo que es, sin consideración personal alguna, serán muy ayudados al estudiar las obras rosacruces y sus símbolos secretos. Les ocurrirá lo que al que viaja por un país extranjero ayudado por los que ya han habitado en él y conocen el camino, que le indican la ruta que atraviesa el desierto y la situación de los oasis en donde ha de encontrar agua para calmar su sed; pero ellos no le llevarán, porque es necesario que los halle caminando por su propio pie” (8).

Continuaremos hablando de este tema la próxima semana.

Autor: Phileas del Montesexto
www.phileasdelmontesexto.com


Bibliografía

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Notas del texto

(1) Hoefer, F.: “Histoire de la chimie”, citado por Serge Hutin: “Las sociedades secretas”
(2) Yates, Frances: “El iluminismo rosacruz”
(3) Andreae, Johann: “Fama Fraternitatis”
(4) Hartmann, Franz: “En el pórtico del templo de la sabiduría”
(5) Yates: op. cit.
(6) Yates: op. cit.
(7) Hartmann, Franz: “Una aventura en la mansión de los Adeptos Rosacruces”,
(8) Hartmann, Franz: “El el umbral del santuario”

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