El Egipto alejandrino

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En el año 331 a.C., Alejandro Magno fundó una ciudad estratégica en las orillas mediterráneas de Egipto, la cual pasaría a convertirse -en pocas décadas- en el eje cultural e iniciático del mundo antiguo.

Alejandría nació para ser una orbe esplendorosa y la dinastía ptolemaica -fundada por Ptolomeo I Sóter (general de Alejandro Magno)- se preocupó para que ésta fuera un modelo virtuoso donde se congregara lo mejor del mundo griego y lo mejor del mundo egipcio. Para este propósito, el primer Ptolomeo impulsó la construcción de un majestuoso edificio de mármol denominado Museo (Museion, el templo de las musas) donde se intentó reunir a los mejores sabios del mundo antiguo, los cuales eran mantenidos por el estado.

Junto al Museion se edificó la famosa Biblioteca de Alejandría y el Serapeion, un templo de Serapis, el dios que sirvió de nexo entre la religión griega y la egipcia.

Punto de encuentro

En el ambiente ecléctico de Alejandría se alentó el desarrollo de todo tipo de estudios. Uno de los puntos clave de este polo cultural fue la labor de síntesis del conocimiento tradicional de Egipto, Grecia, Roma, Caldea, así como también de los judíos y posteriormente los cristianos, que dio forma a un “cuerpo” doctrinal cuyo referente fue Hermes el tres veces grande y que, años más tarde, fue conservado y mantenido en secreto por los iniciados del Mediterráneo.

Alejandría era, ciertamente, un caldo de cultivo propicio para que se pudiera consolidar una Gnosis occidental y en sus tres siglos de esplendor podemos encontrar las raíces de muchas corrientes sapienciales. La consolidación de los fundamentos del conocimiento iniciático hebreo (proto-Cábala), las bases del Tarot arquetípico (que luego sería plasmado en 22 cartas durante el Renacimiento) y de la Alquimia que hoy conocemos, fueron una consecuencia directa de este intento de recopilación del conocimiento trascendente.

La simbiosis de Egipto y Grecia era perfecta y como consecuencia de esto las divinidades griegas fueron equiparadas con los dioses de la antigua religión egipcia: Hermes-Thoth, Asclepio-Imhotep, Amón-Zeus, Apolo-Horus, Hefestos-Ptah, etc.

Los iniciados identificaron a la diosa Deméter con Isis, dado que ambas tenían que emprender una búsqueda (de Perséfone y de Osiris, respectivamente) y que su culto estaba asociado a los misterios. De este modo, el culto de Isis se extendió por toda Grecia y después adquirió una relevancia extraordinaria en el imperio romano, con la aparición de decenas de “Iseum”, santuarios sagrados dedicados a Isis, donde se realizaban ceremonias rituales de naturaleza iniciática adaptadas a la mentalidad helenística.

El recordado faro de Alejandría, más allá de su utilidad para los marineros, puede considerarse un símbolo de lo que esta ciudad representaba para los antiguos: una luz en la oscuridad, un punto de referencia y un espacio para el encuentro de aquellos hombres y mujeres que deseaban establecer una civilización cuyo eje fuera el conocimiento.

En la escuela matemática de Alejandría se enseñaban las artes liberales y cosmogónicas como la aritmética, la geometría, la música y la astronomía, y alrededor de ella se dieron cita Euclides, Arquímedes, Eratóstenes, Aristarco de Samos, Claudio Tolomeo y la gran Hipatia.

Las ideas de Platón encontraron en este lugar un marco propicio para su desarrollo y su puesta en práctica con la escuela neoplatónica donde brillaron Ammonio Saccas, Plotino, Porfirio, Proclo y Jámblico, que se llamaron a sí mismos “Theodidaktos “(“enseñado por Dios”) o “Filaleteos” (“enamorados de la Verdad”). Estos filósofos renombrados siguen siendo referentes para muchas escuelas esotéricas modernas y, de hecho, la propia Helena Petrovna Blavatsky, al fundar la Sociedad Teosófica, dijo inspirarse en los ideales teosóficos y universalistas de Ammonio Saccas.

Así como en el Museion se daba alojamiento y se mantenía a los grandes sabios, en la Biblioteca se buscaba recopilar toda clase de textos antiguos. Para esta labor, en el puerto de Alejandría eran confiscados los rollos que llegaban en las bodegas de los barcos y los copistas de la biblioteca se encargaban de reproducirlos. Cuando este trabajo era finalizado, el rollo era devuelto a sus propietarios (1). Esta no era el único método de adquisición de obras, ya que tenemos constancia de la compra de libros y también de donaciones.

Aunque las cifras aún siguen siendo discutidas, se supone que en la Biblioteca Real de Alejandría se albergaron más de 800.000 manuscritos.

Supervivencia del conocimiento alejandrino

La biblioteca sufrió varios incendios y saqueos. Según testimonios clásicos, la primera destrucción de ésta se habría producido hacia el año 47/48 a.C. durante la guerra que enfrentó al ejército romano de Julio César (aliado con Cleopatra) con las tropas egipcias del Ptolomeo XIII. De acuerdo con varios cronistas, en el fragor de la batalla, los romanos incendiaron los barcos enemigos en el puerto, pero las llamas se propagaron a los edificios portuarios y de ahí a la biblioteca.

Sea como sea, la biblioteca siguió funcionando después de este evento y su destrucción final habría sido la consecuencia directa de varios episodios de violencia producidos en el siglo III d.C., por lo cual su desaparición estaría ligada a los cristianos fundamentalistas. Hoy se sabe con total certeza que el Serapeum (el monumental templo de Serapis) y su biblioteca fueron destruidos por iniciativa del obispo Teófilo.

Con la llegada de los cristianos, el ambiente ecléctico y tolerante que reinó durante los 300 años del control ptolemaico terminó desapareciendo.  Además del ocaso del Museo, la Biblioteca y el Serapeion debemos agregar la partida de los intelectuales y los iniciados, que prefieron emigrar a ciudades más tranquilas del imperio romano donde su integridad física no fuera puesta en riesgo.

Algunos rollos de la biblioteca fueron salvados, otros escondidos, pero los iniciados alejandrinos tuvieron una genial iniciativa: conservar una síntesis del conocimiento iniciático de tal manera que éste supiera sobrevivir. Y en esta idea tenemos el origen del tarot arquetípico, que fue gestado en Alejandría y que se perfeccionó más tarde en la ciudad norafricana de Fez (hoy Marruecos).

Por lo tanto, el tarot nació como una estrategia para ocultar y preservar el pensamiento tradicional y la Doctrina Secreta. En su origen no tenía ningún soporte físico sino que era transmitido de boca a oído utilizando las antiguas técnicas del Arte de la Memoria. En otras palabras, el tarot arquetípico era “imaginal” y recién salió a la superficie cuando los tiempos fueron más propicios, es decir en la Italia renacentista, casi en el mismo momento en que el gran Marsilio Ficino traducía el Corpus Hermeticum y cuando la figura de Hermes-Mercurio era rescatada del olvido.

Ficino, un notable expositor de la Filosofía Iniciática, habló de una “prisca theologia” que estaba ligada a una “Tradición Primordial” (Prisca Sapientia) donde destacaban seis grandes lumbreras o “teólogos primordiales”: “[A Hermes] se le conoce como el primer autor de Teología; su su­cesor fue Orfeo, segundo entre los teólogos de la antigüedad. Ag­laofemo, quien habría sido iniciado por Orfeo, tuvo como sucesor a Pitágoras en el cultivo de la Teología, de quien fue discípulo Filo­lao, maestro de nuestro divino Platón. Es decir, existe una Antigua Teología (Prisca Theologia) […] que tiene su origen en Mercurio y culmina con el divino Platón”. (1) Más adelante, se agregaron otros “teólogos primordiales” a esta lista: Zoroastro, Asclepios, Dédalo, Homero, Moisés, David, Plotino, Abraham, Licurgo, Solón, Heráclito, Noé, Aristóteles, Filón de Alejandría, Avicena, Orígenes, San Agustín, las sibilas, los druidas, los cabalistas, los brahmanes, y muchos otros.

Retomaremos estos temas más adelante, cuando las ramas de este Árbol del Conocimiento lleguen hasta el Renacimiento, un momento clave para el conocimiento iniciático.

Autor: Phileas del Montesexto
www.phileasdelmontesexto.com


Notas del texto

(1) Galeno: “Comentario al libro III de las Epidemias de Hipócrates”
(2) Marsilio Ficino citado por Yates, Frances: “Giordano Bruno y la Tradición Hermética”


Bibliografía sugerida

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