El Cristo y la Cristificación

Artículo anterior: La Rosacruz de los manifiestos


El rosacrucismo fue -desde el principio- un movimiento esotérico cristiano o, más bien, “cristocéntrico” donde el Cristo era considerado el Ideal supremo, el modelo a seguir o “Iniciado perfecto”.

En el sepulcro del legendario fundador de la Fraternidad (Christian Rosenkreutz, que significa “Cristiano Rosacruz”), podía leerse la inscripción “Jesus mihi Omnia” (“Jesús es mi Todo”) que nos deja clara las connotaciones de este movimiento espiritual a principios del siglo XVII. En este sentido, la petición del Nuevo Testamento: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24) se consideraba el mandato supremo del discipulado rosacruz: seguir al Cristo, imitar su ejemplo.

Por lo tanto, no es extraño que los rosacruces primitivos adoptaran el libro “La imitación de Cristo” de Tomás de Kempis como su “vademécum” ya que éste entendía al Cristo como punto de partida y como punto de llegada, en un proceso de identificación con el arquetipo crístico que es conocido como “cristificación” o “proceso iniciático crístico”. En nuestros días, el jesuita Javier Melloni se ha acercado bastante a esta idea aseverando que “lo que identificamos en Jesús está llamado a ser vivido por cada ser humano” (1).

El Cristo está por encima del personaje histórico conocido  que vivió en Judea hace más de 2.000 años, ya que es -como dijimos antes- “el Iniciado Perfecto”. Por esto, las corrientes esotéricas que se inspiran en él consideran su vida (o más bien los relatos que aparecen en la Biblia) como un “mapa” que puede orientar a cada uno de nosotros a fin de salir de la oscuridad y avanzar a paso firme hacia la luz. En otras palabras, la historicidad de Jesucristo no necesita ser discutida con los escépticos porque lo realmente valioso en él es lo que representa: “la plenitud del hombre” (2)

Siendo así, los relatos evangélicos deben ser contemplados como un “drama místico” donde se van sucediendo héroes, villanos, y acontecimientos simbólicos donde destacan cinco episodios magistrales que representan las cinco iniciaciones del Alma

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a) El nacimiento en la gruta (Tierra, lo oscuro, la materia)
b) El bautismo en el río (Agua, la purificación)
c) El ascenso al monte (Aire, la subida)
d) La crucifixión (Fuego, la encrucijada, el punto de encuentro entre lo de Arriba y lo de Abajo)
e) La ascensión (Éter, la luz, el espíritu).

Esoterismo y exoterismo

Desde el comienzo, en el cristianismo existió una faceta exotérica (externa, pública) y otra esotérica (interna, velada) que constituyen las dos caras de una misma moneda. En verdad, el esoterismo no se contrapone al exoterismo sino que lo llena de sentido y validez, lo anima. Este esoterismo cristiano (y no “cristianismo esotérico”) siempre apareció ligado al “discípulo amado” Juan para diferenciarlo del exoterismo de Pedro (“la piedra”) y la Iglesia Católica Romana.

Las dos facetas son necesarias, pero en el cristianismo de los primeros siglos el esoterismo fue dejado de lado. Según explica la Tradición Iniciática, esta negación por parte de la Iglesia Romana impulsó a los Templarios a entrar en contacto con las corrientes internas del Islam a fin de reconectar a Occidente con la Tradición Primordial. De este tema hablaremos en otra entrega de esta serie. 

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En el cristianismo, los tres grados de acercamiento a la Verdad se conciben como “edades de la vida interior” que reciben el nombre de “incipientes”, “proficientes” y “perfectos”, terminología que fue adoptada por la mística cristiana.

Por lo tanto, y aunque la Vía Mística y la Vía Iniciática sean bien distintas y posean varias diferencias importantes, es cierto que ambas contemplan tres etapas básicas (“grados”) y tienen un mismo objetivo (“la coincidentia oppositorum”). Véase: Vía Iniciática y Vía Mística

Volviendo al Cristo, Helena Petrovna Blavatsky explicó que éste, es decir “el Verdadero Salvador esotérico, no es un hombre, sino el principio divino en todo ser humano. Aquel que se esfuerza por resucitar el Espíritu crucificado en el por sus propias pasiones terrestres, y enterrado profundamente en el ‘sepulcro’ de su carne pecadora; aquel que tiene la fuerza para hacer rodar hacia atrás la piedra de la materia de la puerta de su propio santuario interior, tiene en él al Cristo resucitado” (3).

Esta idea, que aparece en las corrientes esotéricas del cristianismo bajo muchas formas y con diferentes nombres es bien explicada por Panikkar cuando habla de una “cristofanía”, lo cual supone una experiencia consciencial que trasciende al personaje histórico que conocemos como Jesús de Nazareth, y aunque “no rechaza en absoluto la historicidad de Jesús [la cristofanía] afirma que la historia no es la única dimensión de lo real y que la realidad de Cristo no se agota, por lo tanto con la historicidad de Jesús” (4). Entonces, y según nos revela Carl Gustav Jung: “hay un Cristo «precristiano» y un Cristo «acristiano», en cuanto que éste es una realidad anímica existente en sí” (5).

Sobre Jesucristo y su posible contacto con los Esenios hablaremos en la próxima entrega. 

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Autor: Phileas del Montesexto
www.phileasdelmontesexto.com


Bibliografía

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Notas del texto

(1) Melloni, Javier: “El Cristo Interior”
(2) Panikkar, Raimon: “La plenitud del hombre”
(3) Blavatsky, Helena: “Collected Writings”, VIII
(4) Panikkar, Raimon: “Jesús en el diálogo interreligioso”
(5) Jung, Carl Gustav: “Psicología y Alquimia”

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