Después de la Atlántida

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De la catástrofe de la Atlántida hubo supervivientes que -de acuerdo a sus diferentes capacidades- se convirtieron en los depositarios del conocimiento iniciático de los atlantes. Sobre esto, dice René Guénon: “Después de la desaparición de este continente, que es el último de los grandes cataclismos ocurridos en el pasado, no parece dudoso que restos de su tradición hayan sido transportados a regiones diversas, donde se han mezclado a otras tradiciones preexistentes, principalmente a ramas de la tradición hiperbórea; y es muy posible que las doctrinas de los celtas, en particular, hayan sido producto de esta fusión”.

De este modo, las grandes civilizaciones post-atlantes basaron sus religiones y cultos en la tradición sapiencial heredada de la Atlántida. De acuerdo con Platón, los sacerdotes de Sais dijeron a Solón: “No conocéis esa nobilísima y excelente raza de hombres que habitó una vez vuestro país, de quien vos descendéis, así como todos vuestros actuales estados, aunque sólo un pequeño resto de esta gente admirable es la que ahora queda”.

toynbee

Auge y caída de las civilizaciones según Toynbee de acuerdo a retos a los que deben darse debida respuesta.

Los supervivientes de la Atlántida eran simplemente eso: supervivientes que tuvieron que empezar casi desde cero y que estaban prácticamente incomunicados entre sí. En algunos lugares, las comunidades post-atlantes lograron establecerse y desarrollar una civilización, preservando de alguna manera sus tradiciones y costumbres. En otros, sus intentos fracasaron. Sobre el desarrollo de las civilizaciones y su estudio en profundidad, bien vale la pena echar un vistazo al excelente trabajo del historiador inglés Arnold Toynbee, quien formuló una teoría cíclica sobre el desarrollo civilizatorio.

De acuerdo con Toynbee, las civilización crecen y prosperan cuando su respuesta a un desafío no solamente es exitosa, sino que estimula una nueva serie de desafíos. Por lo tanto, todas las civilizaciones se mueven en función de un reto y una respuesta, y éstas declinan y hasta desaparecen como resultado de su incapacidad para encarar los desafíos que se van presentando.

Escuelas mistéricas

Las Escuelas de Misterios atlantes reaparecieron y se adaptaron a sus nuevas condiciones en Egipto, Tartessos, Mesoamérica, Tiwanaku, India y Europa, a través de los druidas.

En la Atlántida, los Misterios Menores y los Misterios Mayores estaban unificados y las escuelas atlantes instruían a sus discípulos en ambos. Con el hundimiento, las escuelas supervivientes se focalizaron en el Arte Real (es decir, en los misterios del Alma) y su entrenamiento pasó a desarrollarse en cuatro áreas relacionadas con los cuatro elementos: Tierra, Agua, Aire y Fuego, siendo el quinto elemento (Éter) el punto de acceso a los Misterios Mayores o Arte Sacerdotal.

Por lo tanto, y aunque -después del diluvio- han existido múltiples escuelas de Misterios Menores, hay una sola Escuela de Misterios Mayores, lla­mada “Logia Blanca”, “Orden de Melquisedec”, “Iglesia Interior” situada tradicionalmente en Agartha o Shambhala y que sirve de inspiración de una u otra forma a todas las escuelas de corte iniciático.

En el segundo artículo de esta serie hablé de esto al referirme a dos cadenas de transmisión del conocimiento primordial: una de plata o anímica, vinculada a las Escuelas de Misterios Menores tanto de Oriente como de Occidente, donde el elemento litúrgico es fundamental y donde el símbolo aparece como una forma de lenguaje común (el idioma del Alma), y otra de oro o espiritual, relacionada a la única Escuela de Misterios Mayores, la que nos conecta directamente con la Fuente.

Para entender más claramente todo esto, debemos tener en cuenta que los Misterios Menores tienen como objetivo hacernos plenamente humanos (seres integrales) a través de la Iniciación, la cual tiene dos acepciones: virtual o potencial (iniciaciones rituales donde la luz es indirecta, es decir lunar) y efectiva (la iniciación como estado de conciencia donde la luz es directa: solar). En este sentido el “iniciado” de manera ceremonial que no actualiza su “iniciación” a través de la conciencia es un “iniciado en potencia” que tiene la llave pero que no ha logrado abrir la puerta. Por otro lado, el propósito de los Misterios Mayores es hacernos plenamente divinos (volver a casa) a través del proceso de reintegración.

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La tradición de Henoch

La tradición occidental habla de un templo primordial construido antes del diluvio por Henoch donde se destacaban dos enormes columnas: una de bronce para que pudiera resistir el agua y otra de mármol para resistir el fuego. En ellas, Henoch mandó inscribir los conocimientos ocultos heredados de Adán.

El historiador Flavio Josefo registró este hecho en su obra “Antigüe­dades judías” donde señala que “con el fin de que no escaparan a los hombres estos descubrimientos ni se perdieran antes de ser cono­cidos, al advertirles Adán que tendría lugar la desaparición de todo rastro de vida, en un caso por efecto del fuego y en otro por la fuerza y la abundancia de agua, [los descendientes de Seth] levantaron dos columnas, una de adobe y otra de piedras, y en ambas escribieron los descubrimientos, para que, incluso desaparecida la de adobe por el diluvio, permaneciera la de piedra y permitiera a los hombres cono­cer el texto de la inscripción, además de señalar que habían erigido también otra columna de adobe. Y permanece hasta el día de hoy en la región de Siris”.

hermes trimegistoEn verdad, Henoch es el equivalente judío de Hermes y debemos ver en él al Maestro arquetípico, a esa fi­gura suprahumana que todas las civilizaciones han descrito como un “mensajero de los dioses”, el vehículo de la enseñanza primordial, un guía suprafísico que también aparece como Mercurio, Thoth, Elías Artista, Odín (Wotan), Zoroastro, Nabu (Nebo), Bochica, Quetzalcóatl, Kukulcán, Viracocha, el profeta Seyidna Idris, el ángel Metatrón, etc.

De acuerdo son el relato tradicional de Henoch (que nutre las leyendas de varias escuelas occidentales como la Masonería y el Rosacrucismo), después del diluvio fue el rey-sacerdote Melquisedec el primero en tomar contacto con el mensaje en piedra inscrito por en las dos columnas.

Muchos años después, Salomón mandó construir un edificio de jus­ticia sobre las ruinas del templo de Henoch y para remover la tierra y poner los cimientos envió a sus fieles amigos Adonhiram, Johaben y Stolkin, quienes encontraron una loza cuadriforme con un anillo de hierro. Con mu­cho trabajo, los tres Maestros lograron quitar la piedra y se toparon con la entrada a una cavidad subterránea, a la cual descendieron. La hendidura tenía nueve cámaras superpuestas y en la novena los Maestros hallaron “un pedestal triangular de alabastro blanco, hueco, muy iluminado interiormente por un fuego inextinguible, sobre el cual había un cubo de ágata, en uno de cuyos lados estaba enterrada una plancha de oro, incrustada con piedras preciosas, que brillaban a la luz: y en el centro aparecía esmaltado el nombre inefable de Dios”.

Posteriormente, los Maestros informaron a Salomón de su descubrimiento y éste –junto a Hiram de Tiro– decidió bajar a la novena cámara de Henoch que a partir de ese momento pasó a llamarse “Bóveda Sagra­da”, la cual fue conectada con las habitaciones de Salomón a través de nueve arcos.

Este relato mítico (que es bien conocido por los masones) refleja todo lo dicho anteriormente: un conocimiento ancestral que es recibido por Henoch, que luego se pierde y que finalmente es recuperado, sirviendo como base a las corrientes iniciáticas. En otras palabras, estamos hablando de una tradición ininterrumpida [Tradición viene de “tradere”, traer] cuyo punto de origen se pierde en la noche de los tiempos.

La historia del Grial y sus custodios también alude a esta transmisión discipular de boca a oído y a una conexión con un conocimiento primigenio que procede del propio Adán y que luego pasa por Set, Henoch, Matusalén, Lamech, Melquisedec, Salomón, Jesucristo (última cena), José de Arimatea (portador de la copa hasta Europa), Bron el rey pescador, Titurel (constructor del castillo del Grial) y Parsival (Perceval), hasta conectar­se con la Orden de los Caballeros Templarios donde la copa sagrada termina desapareciendo.

Sobre esta “desaparición del Grial” Guénon comenta: “Se dice que el Grial no fue ya visto como antes, pero no se dice que nadie lo vio ya; sin duda, en principio al menos, está siempre presente para los que están “cualificados”; pero, de hecho, éstos han devenido cada vez más raros, hasta el punto de no constituir más que una ínfima excepción”. En otras palabras, la búsqueda del Grial no puede ser una búsqueda física sino metafísica dado que el propio Grial no es (y nunca ha sido) un objeto sino un poder espiritual, un instrumento purificador y de conexión entre lo de Arriba y lo de Abajo.

Por último, esta misma idea de una Tradición Unánime que se pierde en la noche de los tiempos y que es presentada de formas diversas a los diferentes pueblos fue concebida en el Renacimiento bajo la forma de una “Prisca Theologia”.

Marsilio Ficino se referió a esta teología ancestral como una genealogía del conocimiento (algo que está en total consonancia con nuestro árbol) y aseguraba: “[A Hermes] se le conoce como el primer autor de Teología; su su­cesor fue Orfeo, segundo entre los teólogos de la antigüedad. Ag­laofemo, quien habría sido iniciado por Orfeo, tuvo como sucesor a Pitágoras en el cultivo de la Teología, de quien fue discípulo Filo­lao, maestro de nuestro divino Platón. Es decir, existe una Antigua Teología (Prisca Theologia) […] que tiene su origen en Mercurio y culmina con el divino Platón”.

Más tarde, otros filósofos consideraron que otros pensadores también debían ser incorporados a esta cadena de sabios y se incluyó a Zoroastro, Asclepios, Museo, Dédalo, Homero, Moisés, David, Plotino, Abraham, Licurgo, Solón, Heráclito, Noé, Eudoxo, Demó­crito, Numenio, Aristóteles, Filón de Alejandría, Avicena, Alfarabi, Orígenes, San Agustín, y también las sibilas, los druidas, los cabalistas, los brahmanes, etc.

En el próxima entrega de esta serie hablaré de una de las primeras civilizaciones post-atlantes donde se resguardó el conocimiento iniciático: Egipto.

Autor: Phileas del Montesexto
www.phileasdelmontesexto.com


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Bibliografía recomendada

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Bibliografía anexa

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