Caída y reintegración

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la caida

Ver entrega anterior: Evolucionismo, Creacionismo y Tradición Esotérica


“Corre de lo múltiple a lo uno, reduce a uno lo disperso, afluye a la Unidad. Permanece allí, y no te vayas a la muchedumbre de las cosas. Allí está la felicidad”. (San Agustín)

Como vimos en la entrega anterior, las enseñanzas esotéricas no hablan de evolución sino de dos movimientos separados y complementarios: un descenso o involución de lo divino a lo humano y de un ascenso o evolución de lo humano a lo divino.

Por lo tanto, el desarrollo espiritual del ser humano no supone un pro-greso sino un re-greso, es decir que no se busca algo original en el sentido de “novedoso” y “diferente” sino original en el sentido de “volver al origen” y de recuperar algo perdido.

El árbol de Jesse (obra de Marc Chagall)

El árbol de Jesé (obra de Marc Chagall)

Esta recuperación aparece en muchos mitos y metáforas tradicionales. Los neoplatónicos, por ejemplo, hablan de una “recuperación de las alas”, una imagen heredada del “Fedro” de Platón: “El poder natural del ala es levan­tar lo pesado, llevándolo hacia arriba, hacia donde mora el linaje de los dioses. (…) Y lo divino es bello, sabio, bueno y otras cosas por el estilo. De esto se alimenta y con esto cre­ce, sobre todo, el plumaje del Alma; pero con lo torpe y lo malo y todo lo que le es contrario, se consume y acaba”.

El judeo-cristianismo, por su parte, habla de recuperar el estado adámico, la condición primigenia de Adán en el Edén, en total concordia y unidad con la divinidad pura, la cual se perdió en ese evento mítico conocido como “la caída”.

El esoterismo cristiano considera a Cristo y María como el “Nuevo Adán” y la “Nueva Eva”, la versión mejorada de los padres caídos. En este sentido, los iniciados cristianos consideran a la Biblia como un vademécum de entrenamiento iniciá­tico, el que –observado desde un punto de vista trascendente, fuera de todo literalismo– suministra las claves fundamentales para la Iniciación y la Re­integración.

En Occidente, la caída de Adán y el rol trascen­dente del Cristo aparecen como dos hitos grandiosos que evidencian el descenso (la expulsión del Edén, el fruto del Árbol del conocimiento del Bien y del Mal) y el ascenso (el sacrificio crístico, el nuevo fruto para la reintegración del Árbol de la Vida, plantado en el centro de la Nueva Jerusalén).

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Iniciación y Reintegración

Existen varios grados de esta recuperación que aparecen representados de una u otra forma en todas las escuelas tradicionales: la Iluminación o Iniciación, es decir la recuperación de nuestra plenitud humana, de convertirnos en Hombres y Mujeres con mayúsculas y, por otro lado, la Reintegración, o sea la recuperación de nuestra condición divina.

Esto significa un proceso doble, que en Alquimia se diferencia como “Obra menor” (vinculada a la plata y a la Luna) y “Obra mayor” (relacionada al oro y al Sol). En ocasiones se habla de “Misterios Menores” o “Arte Real” y de “Misterios Mayores” o “Arte Sacerdotal”.

Síntesis de la Gran Obra

Síntesis de la Gran Obra

En la primera fase el Alma debe recuperar su condición central y encontrar el punto medio entre la Materia y el Espíritu, a través de la conciencia plena de que somos seres de dos mundos y necesitamos hacer coincidir esas dos facetas que parecen opuestas.

Los alquimistas hablan de hacer fijo lo volátil y volátil lo fijo, o bien materializar el espíritu y espiritualizar la materia. En otras palabras: una “coincidentia oppositorum”, una plena concordia entre lo de Arriba y lo de Abajo, lo de Adentro y lo de Afuera.

Esta no es otra que la vía del medio enseñada por el Buddha al escuchar a un humilde músico hablar de las cuerdas de su laúd: “Demasiado tensas se rompen, demasiado flojas no suenan” y que aparece en las instrucciones de Dédalo a su hijo: “Recuerda, Ícaro, has de moverte a una altura intermedia, para que la humedad no haga pesadas las plumas si vuelas demasiado bajo, y para que el sol no las abrase si vuelas demasiado alto. Mantente entre los dos”. (“Metamorfosis” de Ovidio)

Este proceso es el eje de todas las escuelas iniciáticas, es decir todas aquellas que hablan de una “iniciación efectiva”, la cual se puede representar de modo imperfecto en rituales y ceremonias en la forma de una “iniciación virtual” o potencial. Es de capital importancia diferenciar estas dos clases de iniciación. Como bien explica el rosacruz Manly Palmer Hall: “Las verdaderas iniciaciones se dan en los mundos espirituales. (…) Las formas y rituales utilizados en el mundo físico son exotéricas y meramente simbólicas con respecto a los rituales verdaderamente espirituales que se emplean en los Templos de Misterios”.

En la segunda fase (tal vez más lejana a nuestra cotidianidad) el Alma se reintegra al Espíritu y se produce el llamado “matrimonio místico” que aparece representado en diversas obras espirituales como “Las bodas químicas de Christian Rosenkreutz” o “El cantar de los cantares”.

Por último, y teniendo en cuenta que cada uno de nosotros es parte de algo más grande, tenemos que contemplar una restauración comunitaria y global, una sociedad perfecta de iniciados que se ha bosquejado en muchas obras renacentistas como una “utopía”. El término, acuñado por Tomás Moro, significa “en ningún lugar” y no necesariamente algo imposible de alcanzar.

Si la humanidad se toma como un todo, es decir como un cuerpo, y si el problema de ese cuerpo son sus células enfermas, entonces la curación de cada una de estas células tiene que repercutir en el beneficio de la totalidad. De ahí que la expresión “cambiar yo para que cambie el mundo” no es una frase hueca sino que evidencia una realidad suprasensible.

Restaurar la sociedad primordial significa el establecimiento de una “Co­munidad” (común unidad, communitas) y la concreción de la “Filadelfia” (Philein=Amar, Adelphos=Hermanos), la Fraternidad Universal como una ley de la naturaleza (“Todos somos Uno”) y no como una mera aspiración.

En otras palabras, la sociedad es la suma de sus individuos, el reflejo de las creencias, hábitos y costumbres de sus integrantes. Por lo tanto, personas egoístas, violentas, materialistas y sin propósito conforman una sociedad egoísta, violenta, materialista y sin propósito. No hay más. De ahí que Gandhi concluyera con lucidez: “Sé el cambio que quieras ver en el mundo”.

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Mapas para regresar a casa

En Occidente, el esquema más acabado de este proceso de descenso y ascenso es el Árbol de la Vida de la Kabbalah, un modelo sintético del orden universal, donde aparece representado el Macrocosmos y el Microcosmos y donde se nos facilita un mapa para emprender el regreso desde Malkuth (el reino) hasta Kether (la corona), pasando por todas las séfiras en función de un pilar central.

Esta concepción también aparece representada en la Tetraktys pitagórica donde el número 4 esconde el regreso a la unidad: 1+2+3+4=10, y este 10 reducido teosóficamente (1+0=1) esconde la Unidad.

En la Masonería, la piedra cúbica en punta también representa este retorno, dado que dicha piedra tiene nueve caras y un ápice que representa el punto más alto, la cúspide. En el trabajo masónico de debastamiento de la piedra bruta para convertirla en piedra cúbica y luego en piedra cúbica en punta también se evidencia el proceso de Iniciación (humanización) y de Reintegración (divinización). De lo amorfo a lo perfecto.

Sobre esto, dice Francisco Ariza: “El ingreso al grado de maestro representa la reintegración del “estado primordial”, tal cual fue vivido por los primeros hombres en el Paraíso. Si hasta alcanzar ese grado el recorrido ha sido horizontal (terrestre), a partir de él comienza el ascenso vertical por los estados superiores del ser, vinculados con los diversos cielos planetarios. Por otro lado, debe quedar bien claro que aquí hablamos del Maestro interno, pues en la actual Masonería muy pocos de los que ostentan ese grado (conferido muchas veces por puras necesidades prácticas de la Logia) han conseguido siquiera llegar a auténticos aprendices o compañeros”.

Conclusiones

En resumen, las escuelas iniciáticas son (o deberían ser) espacios para recordar nuestra identidad profunda y en las mismas se suministran (o se deberían suministrar) las herramientas propicias para este regreso a casa. Indudablemente, las tinieblas del Kali-yuga han afectado a casi todas las organizaciones de corte espiritual e iniciático, pero las metodologías que allí se enseñan siguen siendo tan eficaces como antes sin son llevadas a la práctica, cuando se abandone lo meramente especulativo para pasar a lo operativo. Dicho de otro modo: cuando estas escuelas reencuentren su propósito indudablemente se convertirán en un poderoso faro que iluminará la senda de regreso a casa.

Mientras tanto, ¿qué nos queda hacer a nosotros? Hacer nuestra parte, conspirar (es decir: respirar juntos) para que la luz prevalezca.


Dado el carácter sintético de estas entregas se hace imposible profundizar en cada uno de los puntos que se han tocado, los cuales merecerían un estudio pormenorizado pero que me desviarían demasiado del propósito de estos artículos que no buscan otra cosa que reflexionar sobre las raíces, el tronco y las ramas del Árbol del Conocimiento.

Esta exposición sobre la fuente primordial concluirá en la próxima entrega donde hablaré de la Atlántida como puente entre esta condición humana primordial (suprahistoria) y el desarrollo conocido del ser humano (historia), el punto de conexión entre el mythos y el logos.

Autor: Phileas del Montesexto
www.phileasdelmontesexto.com


Bibliografía recomendada

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Obras citadas en el presente artículo

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Las anteriores reflexiones son realizadas a título personal y no reflejan necesariamente el pensamiento de todos los responsables de Sancta Sanctorum. Que estos artículos sean un punto de partida, no una conclusión definitiva. Si tienes otras ideas que quieras compartir con respeto, o bien sugerir otros textos de referencia, hazlo en los comentarios.

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