Audio-libro: Las enseñanzas del glorioso Buddha (Manly Palmer Hall)

Las enseñanzas del glorioso Buddha (Manly Palmer Hall)

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PRIMERA PARTE

BUDDHA EL AMIGO DEL HOMBRE

No existe carácter más sublime, entre todos los servidores del género humano, que el del Señor Sakyamuni quien, con justicia, ha merecido el titulo de “La Luz de Asia”. Justo sería que todas las naciones y razas fuesen educadas en el respeto hacia aquellos seres inegoístas y compasivos que renunciaron a la vida que apreciaban y salieron a defender la causa del prójimo ante la Divinidad.

El mundo cristiano, fraccionado por tantas barreras religiosas y raciales, desdeña a menudo las doctrinas filosóficas del lejano Oriente. No advierte que las grandes mentes no son patrimonio exclusivo de un país en particular sino de toda la humanidad. En el inescrutable y desconocido Oriente resplandece una luz que ha disipado las tinieblas espirituales de centenares de millones de seres vivientes. No podemos permitirnos el ignorar esta gloriosa luz.

La enseñanza buddhista es la más amplia que el mundo ha conocido, y al mismo tiempo se afirma que sus adherentes alcanzan a la mitad de la humanidad viviente. Será conveniente pues, en esta culta época, que dispongamos de toda la información posible concerniente a la más difícil de todas las ciencias: la ciencia del vivir. El Buddha Gautama fue un maestro en el arte de vivir, y su penetrante, lógico y razonable punto de vista acerca de la vida y sus responsabilidades habrán de ser muy útiles para rectificar las actuales costumbres, que encadenan la mente de los hombres.

Dios actúa de modos diversos, mediante muchos recursos y en múltiples lugares, pero si alguna vez ha existido alguien a través de quien el Todopoderoso trabajó por la causa de la comprensión humana, ése fue el compasivo Señor del Loto. La enseñanza del Buddha, plena de verdades sencillas y sanas deducciones, de ningún modo se opone a los principios del cristianismo; al contrario, ayuda al mundo Occidental en su gran tarea de estudiar sus propias escrituras.

Estudiando la condición del gran príncipe Siddhartha, sobre quien descendieron – o mejor dicho, dentro de quien se desarrollaron – los áureos poderes del buddhado, descubrimos que estamos encarando un doble misterio. En primer término, tenemos el individuo histórico; lo hallamos luchando contra la intolerancia religiosa de su época, convertido en adalid de la causa del hombre común, y ofreciendo por igual, a los humildes y a los poderosos, la misma esperanza de inmortalidad. En segundo lugar, y paralelamente a esto, tenemos el mito cósmico relacionado con una grandiosa cadena de celestiales Buddhas y Boddhisattvas, de los cuales el humilde peregrino de dorado atuendo era el vigésimo noveno. Si bien poca duda cabe acerca de que realmente vivió, el verdadero misterio del Señor Gautama y su peregrinación en busca de la sabiduría yace en la interpretación espiritual de la alegoría histórica. El maravilloso iniciado, que ganara el dorado manto de la inmortalidad con su sinceridad y su devoción, demostró las infinitas posibilidades latentes en la evolucionante conciencia de cada ser.

A menudo se hace referencia a Jesús como el León de la Tribu de Judá, y es interesante observar que al Buddha también se le adjudica el título complementario de Sakyashina, que significa “león”.

La vida del Buddha es un notable relato de altruismo, servicio y grandiosos ideales. Fue hijo de un Rey, rodeado de lujo, a todo lo cual renunció para así poder salir como peregrino mendicante en busca de respuesta a los problemas del destino humano. Se cuenta que en su juventud, viendo tanta miseria a su alrededor, decidió dedicar su vida a conseguir respuesta a los tres grandes interrogantes: ¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿A dónde vamos? Esta decisión fue resultado de cuatro sucesos notables, que algunos aceptan como hechos literalmente acaecidos y que otros califican de visiones que se le hicieron percibir a fin de que no pudiese olvidar el magno ministerio para el cual vino al mundo.

El primero de estos misteriosos acontecimientos le obligó a poner su atención sobre el problema de la vejez, la enfermedad y la muerte. “¿Por qué envejecemos?” preguntó; pero nadie pudo responderle. ¿Cuál es el origen de la enfermedad, que súbitamente y sin razón aparente, marchita la vida y priva al hombre aún de una temporal felicidad? ¿Qué es esa forma silenciosa y fría yacente en el lecho de muerte? ¿Muere allí la conciencia? ¿Es la muerte el fin de todo, o es una liberación, un portal que se abre hacia otra mansión más allá?”. El joven príncipe meditó hondamente sobre esos problemas, mas no pudo hallar respuesta. Entonces sobrevino la cuarta visión, siéndole revelada la imagen de un santo, de apacible y calma faz, con la certeza de la inmortalidad en el alma. Así le fue mostrado al príncipe, con el ejemplo del humilde mendicante, que la paz y la comprensión eran la verdadera felicidad.

Impulsado por las grandes necesidades de los hombres, el Príncipe de la India abandonó silenciosamente su palacio y dejando atrás todo terrenal apego, marchó pobre y solo entre montes y valles del Hindostán, interrogando a todos cuantos se ponían en contacto con él si podían arrojar alguna luz sobre el misterio de la vida humana. Nunca obtuvo respuesta. Los sabios argumentaron y filosofaron sobre muchas cosas, pero ninguno pudo desatar el nudo del destino humano. Mortificó su carne, y por sus ascéticas austeridades cobró gran fama de santo. Oró, ayunó y marchó rodeado de discípulos que lo adoraban por su incansable celo y su notable valor. Finalmente, debilitado por la desnudez, atormentado por el severo ascetismo y desnutrido, su cuerpo se abatió y, de pronto, el joven peregrino fue consciente de que todo su ardor y automortificación no lo habían llevado a ninguna parte, que estaba tan lejos de la solución como cuando vivía ocioso en el palacio de su padre.

De resultas de tan franco diálogo consigo mismo, Gautama pidió alimentos y los comió con deleite. Inmediatamente lo abandonaron sus discípulos, y el ídolo de la India se desplomó de su sitial. El gran santo había comido como lo hacían los pecadores. Abandonado y acosado por la incertidumbre, siguió andando, tentado por los demonios de los mundos inferiores y debilitado por el reconocimiento de su propio fracaso.

Finalmente, débil y abandonado, Gautama se cobijó bajo el amplio ramaje del Bo, donde tomó la firme decisión de permanecer hasta solucionar definitivamente por si mismo los problemas que lo atormentaban. Lentamente, a medida que las horas pasaban, una gran paz iba descendiendo sobre él. Su mente, ya no más atrapada por la angustia y la duda, se iluminó. Gradualmente se fue elevando sobre los mundos del espacio y pudo abarcar así claramente todo el drama de la existencia humana; vio tanto las causas de las cosas como su remedio. Los demonios que le habían acuciado hasta entonces, se doblegaron ante él en reverente adoración. La Naturaleza toda se regocijó. Los dioses dispensaron sus bendiciones y el Instructor del Mundo quedó ya ordenado para su ministerio. Fue entonces que el Príncipe Gautama se convirtió en el Señor Buddha. Perfecto en sabiduría y en comprensión, libre del velo de la ilusión, se levantó de su asiento bajo el ramaje del Bo y partió a predicar el evangelio de la liberación. Atravesando la antigua Benarés, se detuvo en la aldea de Sarnath, donde se encontró con cinco de los discípulos que le había abandonado, les persuadió que le escucharan y allí, sobre un montecillo, rodeado por aquellos cinco, el Señor Buddha predicó su primer sermón e hizo los primeros cinco conversos de lo que posteriormente habría de ser la religión más difundida del mundo. Durante un lapso de más de cuarenta y cinco anos, predicó el evangelio de la iluminación, que él llamaba la Doctrina del Dharma, la filosofía del Sendero del Medio. Él condenó todos los extremos; abolió la mortificación de la carne e instruyó a sus discípulos en una grandiosa filosofía moral, que tiene tanta validez hoy como el día en que se predicó por vez primera. Impulsó el giro de la rueda de la ley y es hoy reconocido como uno de los grandes benefactores del mundo. Finalmente, después de más de ochenta años de servicio para la humanidad, dejó este mundo, rodeado de sus discípulos , siendo las siguientes sus últimas palabras:

“Parto ahora al Nirvana; mis preceptos os dejo. Los elementos del Omnisapiente se disgregarán, pero las Tres Gemas perdurarán. Monjes, os digo que, habiéndose de disolver las partes y los poderes del hombre, trabajéis con diligencia por vuestra salvación”.

(Las tres Gemas son: la vida del Buddha, la enseñanza del Buddha y la Orden del Buddha).

Así se cerró el ciclo de la existencia terrenal de una de las más maravillosas almas que hayan jamás luchado para emancipar al género humano de las limitaciones de la ignorancia, que vivió y confió su alma a la filosofía en la que había adoctrinado a los demás. El Buddha vivió para ver a la religión fundada sobre su doctrina alcanzar una posición de influencia y poder. Se cuenta que Él mismo quemó su propio cuerpo en la pira funeraria después de fracasar todas las tentativas por encenderla; sus cenizas, divididas en ochenta mil partes por el emperador Asoka fueron llevadas a todos los ámbitos del mundo conocido, y para contenerlas, erigieron magníficos monumentos, dagobas y torres aquéllos que amaron sus enseñanzas.

Baste lo dicho en lo que concierne al hombre, y consideremos ahora el espíritu del Buddhismo, mucho más antiguo e intrincado que el humilde ser que lo manifestara entre los hombres.

Buddha, el Compasivo, quien después de haber dominado los deseos inferiores de vivir abrió en si mismo el Ojo Buddhico, tal como lo relata la leyenda del árbol Bo, estableció, finalmente, que dos grandes leyes eran la verdadera clave del, misterio del ser, y han llegado hasta nosotros con el nombre de Ley de Reencarnación y Ley de Karma. Se dice del mismo Buddha que Él recordaba más de quinientas de sus vidas terrenas anteriores. Sobre los muros de uno de sus templos en Java hay una serie de relieves esculpidos en la roca que se supone representan todas sus apariciones sobre la tierra desde la época en que Él era una tortuga marina. Sus discípulos gustaban tanto en señalar su grande y sincera devoción por el prójimo que aún lo reputaban como amigo del hombre en su encarnación como tortuga, al describirlo guiando hacia tierra a un grupo de marineros náufragos. Pocos son los que han merecido el titulo de “Amigo de la Humanidad”, pero en Oriente nadie discute el derecho del Señor Buddha a ser llamado el gran humanitario, el gran reformador religioso y servidor de la humanidad.

Los buddhistas enseñan que la vida de un gran liberador tipifica un conjunto de ciertos procesos espirituales que se verifican en el cuerpo humano y ciertos aspectos de nuestra siempre evolucionante conciencia. Se ha supuesto que todos los semidioses y criaturas celestes del mundo antiguo no solamente personificaban grandes fuerzas de la Naturaleza, sino que también ciertos principios fijos en la constitución del alma humana. El Buddha simboliza el esfuerzo y el peregrinaje de todo buscador de la verdad, y también la interna conciencia espiritual en la búsqueda de su perdido trono y desde el cual, algún día, regirá la naturaleza del hombre.

El espíritu humano es como un humilde y errabundo mendicante, buscando sabiduría en la superficie de los mundos inferiores, ascendiendo con la vista fija en las altas cumbres nevadas, sosteniendo su platillo limosnero o lota, no para recoger monedas sino aquellas aguas de vida que son imprescindibles para el crecimiento del alma.

Se nos cuenta, que cuando el Buddha marchaba errante, desposeído y solo, necesitando vestimenta, entró en un cementerio, tomó la andrajosa mortaja de un cadáver, hecha con tela amarilla. En Oriente está muy difundido el manto amarillo, que ha pasado a ser universalmente aceptado como la vestimenta del monje buddhista. Una vasta organización ha adoptado como símbolo la mortaja que el Maestro tomó del muerto, y así surgió la Hermandad del Manto Amarillo, en honor del amado Maestro, y cuyos miembros se sienten enaltecidos e inspirados por el privilegio de usar una vestidura copiada de la que el Señor Buddha había tomado del cementerio. Más de un místico oriental aspira a hacerse merecedor de usar tal vestimenta. Mientras tanto, se prepara para tan magno día, y peregrinando por tierras desconocidas también lo encontramos con su trenza que usa para ceñir su vestimenta o que, rodeando su cuello, desciende hasta su corazón. Como él es un místico, alguna vez trepa por esa cuerda mística mucho más fuerte que cualquiera de sus trenzas y que está compuesta por su espíritu, su mente y su cuerpo, entrelazados en una sola cuerda lo suficientemente recia como para soportar a su conciencia en tanto asciende, dejando atrás el ruinoso templo del hombre inferior.

El manto amarillo representa las energías vitales transformadas que, irradiando a través del cuerpo vital, forma en torno suyo un halo de dorada luz. Nunca habrá un cristiano demasiado bueno como para usar una dorada vestimenta como aquélla a la que el Buddha ganó el derecho de llevar, pues el manto amarillo simboliza el aura luminosa que los cristianos pintan en torno a la cabeza y el cuerpo de sus santos, el traje nupcial del que San Pablo hablara. Somos todos príncipes de la India, sin consideraciones de nacionalidad o credo, y cada uno de nosotros algún día abandonará el reino de la tierra, tal como lo hizo el Señor Buddha, para ir en busca de aquella eterna luz que es la vida del hombre.

Más allá de la naturaleza inferior del hombre, de aquella parte de su constitución que siempre quiere comodidades, gratificación de sus deseos y que corre tras la felicidad momentánea, existe un reino por el cual todos habremos de renunciar al predominio de aquella inferior naturaleza. No habremos de abandonar nuestra mundanalidad por obligación, sino porque descubriremos que existe algo más importante, algo más permanente y más deseable. Alguna vez, como el joven príncipe, percibiremos el desdichado y triste destino de aquéllos que viven atrapados en los mundos inferiores y sentiremos la necesidad de desechar esas cosas y de buscar tesoros eternos. Entonces también nosotros abandonaremos la regia vestimenta del materialismo e iniciaremos nuestro peregrinaje hacia las altas cumbres que llevan a las mansiones de los Adeptos, entre los despeñaderos de los Himalayas. También nosotros leeremos el mensaje del loto y habiendo visto la gloria de sus flores abiertas, reconoceremos que no somos más que pimpollos esperando el tiempo en que habrán de florecer con la gloria de la despertada conciencia.

Así, el Buddha, aún no bautizado por el grandioso poder de la verdadera iluminación espiritual busca, bajo todos los climas y a través de todas las regiones, la respuesta al problema de la conciencia humana. Errando por las grutas de la India septentrional, fue de uno a otro adepto, pero su búsqueda fue vana, hasta que, finalmente, y dentro de si mismo, encontró la respuesta al eterno interrogante. Su propio cuerpo, purificado por la oración y la meditación. que en esta esfera de conciencia es servicio y cotidiano dominio de los problemas, habíase eterizado tanto que irradiaba la dorada luz interior del espíritu y aparecía como ataviado por vestimenta que ningún rey podía comprar. El gran ojo – duplicado esotérico de los órganos físicos – se abrió y le fue dado ver la respuesta de todo humano problema; respuestas que evidenciaban la divina omnipotencia y la omniabarcante guía de un Dios justo y misericordioso.

Lo mismo ocurrirá con todo individuo cuando él – o mejor dicho, su foco de conciencia – reposando bajo el árbol Bo de su columna vertebral, domine las etéreas y tentadoras formas que acuden a quebrar su silencio. Entonces, liberada su conciencia de los cuerpos inferiores y abierto el ojo del espíritu luego de su peregrinaje, verá el gran plan dentro del cual tiene su ser. Hace millones de años, cuando la inicial oleada de vida se agitó por vez primera sobre nuestro planeta, contemplamos la manifestación de un eterno peregrinaje que, millones de años después continuaba a través de formas que no podríamos reconocer; y millones de años en el futuro estaremos aún justificando al eterno peregrino, en busca de mayor y más plena comprensión, y en la apertura de cada nuevo ojo nos trae la certeza de otros aún dormidos y el desarrollo de cada nueva facultad nos muestra más claramente aún el gran número de facultades todavía latentes.

Se dice que el Buddha era llamado el león. El león es el rey de los animales, y durante muchos siglos todos los miembros de la familia de los gatos, de la cual es miembro el león, han sido considerados como sagrados. Hay dos razones para ello. La primera es que cuando el gato yace arrollado sobre si mismo, generalmente con la cabeza tocándose la cola, y teniendo en cuenta las corrientes magnéticas especiales que circulan a través del cuerpo de un gato, se lo imaginó como un símbolo del universo y las corrientes espirituales que se desplazan en torno y a través de él. De ahí que la familia de los felinos era considerada como sagrada por los sacerdotes egipcios de Bubastis, especialmente los gatos tricolores. La segunda razón para su veneración es la facultad que se atribuye a todos los gatos de ver en la obscuridad, simbolizando entonces la visión espiritual, capaz de ver en las tinieblas de los mundos inferiores. Hay una tercera razón por la cual, tanto el Buddha como el Cristo, eran llamados leones; el león es el símbolo del valor, y aquéllos que carecen de valor bien pronto abandonan la gran lucha por la iluminación espiritual.

Las estatuillas e imágenes del Buddha que pueden verse en la actualidad en las vidrieras muestran usualmente al Señor del Loto con una pequeña bolilla dorada en la frente, entre los ojos; esto simboliza al centro de la conciencia espiritual en actividad, o chispa divina en el hombre que es ubicado en el seno frontal, entre los ojos físicos, justamente encima de la raíz de la nariz. También en muchas imágenes encontraremos símbolos que vale la pena estudiar; por ejemplo, los hermosos pimpollos y flores que aparecen bordados en sus vestiduras y que representan, sin duda, los centros espirituales, activados y rotando dentro de su aura. En muchas estatuas vemos que una de las manos del Buddha señala hacia arriba y la otra hacia abajo. Uno de los cuadros más famosos que representan a Platón y Aristóteles muestra a uno de los filósofos señalando al cielo y diciendo: “Hemos nacido del cielo” y el otro, señalando hacia abajo, respondiendo: “Hemos nacido de la tierra”. En el Buddha, el equilibrio entre ambas actitudes y el Sendero del Medio está simbolizado por sus manos, una de las cuales pide arriba y la otra ayuda abajo. En otras imágenes lo vemos con sus manos formando un amplio círculo sobre su regazo, y sus pies cruzados debajo de ellas. Esto simboliza el completamiento de los dos grandes circuitos de energía actuantes dentro del cuerpo humano, ambos forman la figura del número ocho, o la extraña figura trazada por la naturaleza en la cabeza de la cobra.

Si bien hace siglos que Gautama dejó esta tierra, poca duda cabe de que los adherentes de su religión sobrepasan en número a los de cualquiera otra. En los últimos años, numerosos

cristianos han abrazado la fe budista, como resultado de una más auténtica comprensión, pues el hombre promedio no advierte que el Cristianismo, como doctrina, incluye a todas las demás religiones. Mucho de la amplitud del Cristianismo se ha perdido por la estrechez de algunos que se llaman a si mismo cristianos, pero tiempo vendrá en que cada estudiante de la verdad se regocijará de encontrarla en todas partes y comprenderá que el conocimiento que un cristiano puede obtener de las religiones que precedieron a la propia, si se utiliza adecuadamente, le ayudará a ser mejor cristiano.

En las enseñanzas de todos los Iluminados se encontrarán muchas conexiones que han sido omitidas, o mejor dicho, ocultadas por individuos de estrecha mentalidad y sin las cuales el Cristianismo resulta algo demasiado complicado para el hombre común. El Buddha fue uno de los hijos de la Gran Luz; fue enviado por la Gran Fraternidad Blanca para actuar entre los hombres. Desempeñó fielmente su tarea de mensajero de los poderes de la luz y, sin distinción de credo o doctrina, todo el mundo debe rendir homenaje a esos altruistas seres que han trabajado por su mejoramiento. Pocos son los que han renunciado a tanto en nombre de la Verdad como el Príncipe Siddhartha, y en sus enseñanzas expuso, sin retaceos y sin temores, las verdades en que creía. Así como Jesús desgarró el velo del Templo de Jerusalén y dio a toda la humanidad los misterios de la creación, así también el gran Buddha, la Luz de Asia, desgarró el velo del templo de Brahman y llevó a los pobres y a los humildes, a los sudras y a los esclavos, aquellas verdades que ahora se han difundido sobre más de los tres cuartos del mundo conocido. Oriente lo ama por todo el bien que hizo, abriendo los portales de la inmortalidad a los pobres y a los humildes, transformando el ciclo de la esclavitud en ciclo del progreso. En épocas pasadas, los sacerdotes buddhistas, fueron hacia Birmania, Corea, Japón, China, Java, Siam y muchos otros países, difundiendo la doctrina de compasión y de fraternidad entre millones de almas dolientes. En vez de convertir con la espada, el Buddhismo se expandió convirtiendo mediante el amor y probó que las cosas pueden crecer en la paz y prosperar mediante la cooperación, y su fe se integra con una serie de doctrinas educativas que ayudan a los hombres a desarrollar sus propias facultades aún latentes.

Cada cual debería sentir qué cosa maravillosa es ser capaz de auxiliar a los que sufren. Hoy todavía somos los peregrinos, los mendicantes, que luchan en la vida buscando la verdad; estamos donde estuvo Gautama en la época de su gran renunciación; ante nosotros, se extienden los dos senderos, el del egoísmo y el de la mortificación, y en medio de ellos se yergue el Señor Buddha, el radiante instructor del Sendero del Medio, quien sabiamente se ubicó entre ambos perjudiciales extremos, practicando el desapego y la moderación. ¿Cuál será entonces nuestra elección?

La Gran Fraternidad Blanca, la Escuela de los Grandes Maestros, actúa sobre el hombre mediante sus semejantes, no por medio de ángeles del cielo y al dedicar nuestra vida al servicio del prójimo es cuando nos convertimos en posibles canales para la transmisión del bien, permitiendo que el poder de la luz haga uso de nosotros.

Cuanto más nos mejoremos a nosotros mismos y más desarrollemos nuestras latentes posibilidades, con aquella divisa y aquel propósito de servicio como pensamiento guía, tanto más próximo habrá de estar el día en que el espíritu del Cristo o del Buddha descienda sobre nosotros y, de canales inconscientes, nos convirtamos en vehículos conscientes para la difusión de la verdad entre los hambrientos de ella que hay en el mundo. Deberemos realizar esta diseminación de la sabiduría mediante el empleo de las facultades que habremos desarrollado a lo largo de nuestro peregrinaje.

Cuando pensemos en ese Maestro de Adeptos, veámonos en Él a nosotros mismos con las ropas del mendicante y esfonzándonos por cambiar las vestimentas de nuestros cuerpos inferiores por el dorado manto del Buddhado, que habremos comenzado a entretejer desde el momento en que nos libremos del poder mortal de la ilusión. Comprendamos que, tal como el Príncipe de la India, debemos llevar nuestro pequeño cuenco de mendicante, pidiendo limosnas eternamente, clamando por guía, fuerza y verdad, y rogando para que podamos recoger en la pequeña copa de nuestra alma, y preservarlas en ella para gloria de Dios, las energías y fuerzas vitales que ahora derrochamos insensatamente en medio de la incertidumbre.

SEGUNDA PARTE

LA FILOSOFÍA FUNDAMENTAL

DEL BUDDHISMO

El Buddhismo se funda en la doctrina de que la ignorancia es la causa de toda la miseria del mundo, y de que solamente el conocimiento de si mismo y de la relación de uno con el Gran Plan puede combatir esta ignorancia. Enseñó el Buddha que de la ignorancia nacen el pecado y la injusticia. Si el género humano pudiese ver claro obraría rectamente, pero su visión enturbiada destruye el impulso de actuar y pensar rectamente que son absolutamente necesarios para una vida inteligente y una verdadera espiritualidad. Los dioses del Buddha fueron hombres-dioses, seres humanos que se elevaron por si mismos por arriba de la ignorancia de la raza y quienes, asentados en elevadas cumbres, examinaron el fasto de la vida con esa plenitud que ennoblece todas las cosas, mientras el hombre, habitando en los valles, ve tan poco que todo le parece mal.

Las Cuatro Nobles Verdades concernientes a la sabiduría y a la ignorancia merecen la más cuidadosa consideración. Buddha condenó la existencia a causa de todas las miserias del mundo. Por existencia Él quería significar esa separatividad individual en que la vida una se disocia temporariamente de la vida del Todo y deviene muchas vidas. Éstas, no advirtiendo ya su unidad original y esencial, ocasionan, en su ciega ignorancia, los pecados y dolores del mundo. Por eso la primera de las Nobles Verdades es:

“El existir como una personalidad separada condena al sufrimiento y al dolor”.

El primer sufrimiento podría ser caracterizado como el anhelo de las partes aisladas por conocer el todo que ellas integran. El compuesto vehículo en que el hombre vive consta de varios cuerpos y centros de sensación y de conciencia. El Buddha enseñó que todos los frutos de la sensación eran pesares, y por eso llamaba Asrava a la miseria, que quiere decir “excreciones provenientes del mundo de la sensación”. A diario vemos en torno nuestro los frutos cosechados por quienes desean lo que no deben ni pueden tener, así como los resultados de su tendencia a eludir las responsabilidades que deberían asumir. Sabemos que en la mayoría de los casos los deseos y apetencias del hombre son la causa de su propia desgracia. También enseñó el Buddha que el deseo de posesión del hombre era su mayor enemigo, porque el pensamiento y el deseo de acumular le extravían la razón y la inteligencia. Así llegamos a la segunda de las Cuatro Nobles Verdades:

“La causa suprema de la miseria es el deseo de poseer y conservar lo poseído”.

El estar apegado a algo implica sufrir en el momento de su pérdida y el despreciar u odiar algo traerá el disgusto de su proximidad. El deseo de poseer algo que está fuera de nuestro alcance normal es convertirse psicológicamente en un criminal y puede llevar al robo, la violación o el crimen. El valorizar una cosa es el punto de partida del deseo de poseerla; por eso el Buddha enseñaba a valorizar tan sólo al recto conocimiento, que es lo único capaz de probar la inutilidad de todo lo demás Cuando el alma comprende la inutilidad y la transitoriedad de las posesiones se librará del deseo y habiéndose liberado del deseo habrá escapado de la red que el rey de la muerte arroja para esclavizar las almas humanas. Esto nos lleva a la comprensión de la tercera de las Cuatro Nobles Verdades:

“La liberación del dolor se logra desechando todos los deseos salvo el de recto conocimiento”‘.

Al mismo tiempo comprenderemos que el apego es la causa del temor a la muerte, y que cuando el hombre no está identificado con sus cuerpos sus vaivenes lo dejarán imperturbado, mientras que si los ama llorará su muerte y si los odia llorará con su advenimiento. En tanto que sus ojos sean capaces de llorar, su alma no estará aún madura para la sabiduría. Mientras sea capaz de acumular o repartir, será incapaz para la sabiduría. En tanto aprecie algo por sobre todo será inapto para la sabiduría, porque el perfecto control de si mismo es el Sendero Medio entre la alegría y el dolor, entre el amor y el odio, entre la vida y la muerte. El Sendero del Medio es el Sendero del Buddha. A fin de poder hollar ese Sendero del Medio deberemos comprender la Cuarta Noble Verdad:

“El Sendero de la liberación y de la cesación de todos los opuestos es el Óctuple Noble Sendero, el sendero de la inmortalidad”.

Los más antiguos preceptos del Buddhismo establecen que no ha de hacerse mal a nadie, que todo lo bueno debe ser favorecido y desarrollado y toda virtud fomentada, que la mente, con sus múltiples y complejas funciones debe ser puesta bajo completo dominio, y que este es el camino para llegar al Buddhado.

Hay toda una grandiosa filosofía subyacente tras estas prescripciones, basada sobre ciertas concepciones fundamentales. La primera de ellas es que la vida, tal como la vemos en torno nuestro no representa la totalidad de la existencia. La existencia guarda la misma relación con la vida que el tiempo con la eternidad. El tiempo puede establecerse en cualquier punto de la eternidad, pero la eternidad será siempre la suma del tiempo. Del mismo modo la existencia puede establecerse en la vida pero la vida es la suma de la existencia. La existencia es irreal, la vida es real. Lo único capaz de juzgar la pequeñez de la existencia es la grandeza de la vida. El Buddha era evolucionista. Sus dioses eran dioses en crecimiento. Jamás discutió acerca de la Causa Primera. Las almas a las que sirvió eran almas que estaban creciendo. Los espíritus a los que asistió eran espíritus en desarrollo. Enseñó que la evolución era el proceso de la existencia reabsorbiéndose en la vida y que la

más grande de todas las conquistas era alcanzar el Nirvana, en el que el pasado, el presente y el futuro eran absorbidos en el eterno ahora. También el Buddha enseñó que el apego a la existencia impide la unidad con la vida, que el mal era todo cuanto obstaculizaba el retorno de las partes a su fuente primigenia.

El Buddha vio que había dos caminos, uno para el ignorante, obligado a girar ligado a la Rueda de la Vida y de la Muerte en su sentido más estrecho; y el otro, para el sabio que, por el conocimiento de si mismo y el autodominio podría liberarse de las brasas a las que el ignorante se adhiere en agonía, y podría así hallar el Sendero del Medio que, como el eterno ahora, separa el ayer muerto del mañana sin nacer.

Esta era la filosofía del Glorioso Buddha, la filosofía de desechar todo para que el alma pudiera ganarlo todo. Enseñó que el deseo de alguna cosa exigía el sacrificar valiosos tesoros para asegurar el objeto deseado, que probablemente era de escaso valor y que valorizamos por el mero hecho de desearlo, y que por eso mismo el deseo destruía el sentido de la valorización, pues el deseo coloca las conquistas mundanas sobre las de la sabiduría y las personalidades sobre los principios. De ahí que el Buddha reuniera las legiones de la lógica y el buen sentido y atacara la Fortaleza del deseo predicando que el hombre era destruido por sus deseos, que su alma estaba sepultada bajo sus acumulaciones y que su espíritu era un esclavo de las chillonas chucherías de que se había rodeado. Enseñó Él que el rico no tiene descanso pues ha de dormir sobre las bolsas de dinero con la espada en la mano para defenderlas, y el pobre tampoco lo tiene porque siempre es aniquilado en su tentativa de sustraer riquezas del montón del rico. En la disolución del universo estarán viendo el vacío sobre el cual disputaban, comprendiendo que se habían atado a sus posesiones y que, no habiendo construido nada en el interior, carecían con que enfrentar la eternidad.

El Buddha creía en la ley, fija e inmutable. La Naturaleza tal como Él la entendía, era buena, creciendo libre del deseo, que era su símbolo de todo mal. De ahí que la Naturaleza, siendo impersonal, no tolere caprichos y no preste atención si los que tritura en el eterno rodar de Su mecanismo son santos o pecadores. El Buddha no prometió ninguna expiación vicaria a sus seguidores, enseñando que fuese lo que fuese Dios, amaba a todas las cosas por igual y que distaba mucho de ser indulgente con los caprichos de la humanidad.

Comprendió que este Globo en que vivimos y esos mundos que conocemos sólo existen un instante en el espacio, que todo lo visible cambia constantemente y que, ciertamente, lo que hoy florece mañana decae. Simbolizaba, como los brahmanes que le precedieron, al mundo como un agitado océano sobre el cual la humanidad se mantiene a flote en pequeños barcos embestidos por los vientos, cada uno tratando de guiar su barca hacia algún puerto determinado. Inútil será tratar de forjar una idea de una ola porque antes de terminar su imagen, habrá cambiado y desaparecido. Así pasa con las cosas vivientes. Sería inútil tratar de colocar una señal en el mar porque no hay nada fijo sobre qué instalarla. El mar es la vida, tal como lo vemos siempre cambiante, sin repetirse jamás. Quien trate de seguir sus modalidades habrá de tener tantas en si como el mar. Quien en ella busque algo permanente estará tras un inalcanzable fuego fatuo. Así como Jesús caminó sobre las aguas también el Buddha enseñó a sus discípulos a mantenerse firmes sobre las olas, y mediante el claro desapasionamiento de sus mentes servir a lo permanente en todo y no ser desviados por la blanca espuma y las rompientes olas que, como toda empresa humana permanecen un instante en la cresta y luego son tragadas al fondo del mar. Soberano sobre el incesante cambio, permanente, inconmovido, el Buddha estaba sentado en meditación, pues la perfecta paz y tranquilidad fueron el símbolo de su logro. Rodeado de multiplicidad de cosas él solo permanecía consciente de una: la eternidad y la permanencia de su espíritu inmortal.

Esparcidas por todo el Oriente vense estatuas del Buddha meditando. Su faz serena, grandiosa e inexpresiva mira hacia abajo desde elevados altares obscuramente visibles a través de las celosías de los ventanales de los templos. Cien mil, un millón de imágenes, grandes y pequeñas, nuevas y viejas, algunas adornadas y alhajadas, otras derrumbadas y cubiertas de malezas, pero siempre una misma expresión, un maravilloso e impasible semblante, y en cuya serenidad de líneas están yacentes todas las expresiones. Muchos imperios buddhistas se han desmoronado, y millones de sus estatuas han sido abatidas por el despiadado salvajismo del hombre. Los cataclismos sísmicos, han derrumbado las grandiosas imágenes, dejándolas semienterradas. Sus templos han sido incendiados sobre ellas y sus monjes desterrados, pero aún irradia paz el gran rostro, inalterado, inconmovido, indiferente al vaivén de las cosas, y habla con más fuerza que las palabras para el espíritu de fe.

Si los hombres de Occidente pudiesen conocer el camino de la inmortalidad del Buddha, Si solamente la discordia, la agitación y la incesante confusión pudiesen dar lugar a la paz y dignidad de su antiguo sendero, viviríamos mucho más y podríamos realizar mayormente. Pero el mundo Occidental está dominado por sus deseos; vive tan sólo para sus sentidos materiales; diviniza la ilusión; cada alma tiene su precio en oro y plata, y los niños que vienen al mundo son educados como maquinas insensibles destinadas a llevar a la culminación el proceso de acumulación. Nunca más que hoy tenemos necesidad de Sus enseñanzas, que mostraban a sus discípulos la falacia de la búsqueda mundana, y que la felicidad sólo deriva de la sabiduría y que la paz es tan sólo un subproducto, una de las muchas virtudes resultantes del recto vivir y tan sólo de él. Vivimos en un mundo de ciclos, y a ciertos intervalos se recapitula lo que ha sucedido precedentemente. Algún día reconoceremos la necesidad del autocontrol y entonces recordaremos más cariñosamente que ahora al que tanto sufrió y tan sinceramente trabajó para transmitir ese conocimiento al mundo. La del Buddha es la buena ley, porque Él dice:

Quien no es feliz con poco no lo será con mucho; quien no aprecia lo pequeño no podrá ser cuidadoso de lo grande; a quien lo suficiente no basta esta al margen de la virtud, pues el cuerpo físico vive de un día para otro y si se le proporciona lo que realmente necesita habrá tiempo todavía para la meditación, mientras que Si se trata de darle cuanto desea “la tarea sería inacabable”.

El Buddha enseña a sus discípulos a vivir no para el día solamente sino para ese gran día en que las vidas parecerán breves y los nacimientos y muertes como el oscilar de un péndulo, en que sus vicios seguirán desafiando eternamente a sus almas a menos que se los haya rectificado, a ser humildes, sencillos, modestos en todo, afectuosos para todos, no solamente con los seres humanos sino que también con las flores y los animales, a cuidar y servir a toda manifestación de vida, que la vida persiste sobre la vida, y que por eso la vida tiene una deuda con la vida, que aquéllos que mueren para que otros puedan vivir no mueren en vano sino que aquéllos que viven por sobre ellos usarán esa vida tan libremente dada para servir a la vida una que todo lo dio.

H. G. Wells tomó al gran Buddha, le arrancó sus diademas, le quitó sus doradas vestimentas, despojó a la Fe de sus posteriores agregados y presentó al Buddha tal como era en realidad, el simple peregrino, el corazón cariñoso, inegoista, que paseó por la superficie del mundo sus tres grandes interrogantes, con plena conciencia de que hasta tanto no fuesen contestados, el género humano no podría ayudarse a si mismo ui colaborar con el plan que le había dado el ser. Las respuestas que Él dio fueron:

¿De dónde venimos? Del pasado, de lo que hemos hecho antes, de las tareas incumplidas, de los efectos incompletos de nuestros pasados vicios y virtudes, de los pecados de nuestra carne, de las tinieblas de nuestra ignorancia, de la cadena de vidas que nos alza del cieno y de la inmundicia, del comienzo de las cosas, de la fe del Dharma, de la caída de las cosas en la separatividad, de la diversificación del Uno, llevando de vida en vida el lastre del pasado siempre con nosotros, formando un extraño grupo guiado por el demonio del Deseo, de nuestras faltas y caídas, danzando alrededor de nuestras torturadas almas. Así llegamos al presente, trayendo con nosotros las virtudes y vicios del pasado, impelidos por la perpetua ley desde la ignorancia hacia la unidad de la sabiduría.

¿Por qué estamos aquí? A consecuencia del pasado, pues el pasado origina el presente y de éste nace el futuro; estamos aquí para terminar o al menos proseguir las tareas que dejamos incompletas desde el origen de las cosas; hemos sido traídos aquí por nuestras alegrías y dolores, y la mayoría hemos sido conducidos hasta aquí por nuestros deseos, y aquí permaneceremos hasta que haya muerto el último de ellos, hasta que la última posesión haya sido renunciada, hasta que la última porción de personalidad que hayamos acarreado con nosotros retorne al gran Todo de donde proviene. Si nacemos ignorantes, acumulamos; si nacemos en sabiduría, difundimos. Para el sabio, la vida que aquí se vive es una oportunidad para desembarazarse del lastre que ha acumulado en el pasado, de librarse de sus opiniones y puntos de vista, de sus concepciones de la vida y de la muerte, y de dejar todo eso atrás para comenzar a hollar el Sendero del Medio. Ante el portal del futuro el camino se bifurca: uno conduce al Nirvana, y es el noble sendero de la realización; el otro retrocede y se desvía más y más hasta que el espíritu aprende su lección y decide hollar el Sendero del Medio.

¿Adónde vamos? Vamos a enfrentarnos con lo que hemos merecido, al encuentro de los efectos de las causas que promovimos. Aquéllos cuya labor ha sido incompleta, rodarán solamente por la periferia de la rueda para retornar y completar sus tareas. En cambio, aquéllos pocos que han hollado el sendero de equilibrio que conduce al Nirvana, donde una vez agotadas sus acciones, los seres se reúnen con la Causa Incausada de la que partieron, van para aguardar el nuevo destino que el Creador considere apropiado asignarles. Se dice que el Señor Buddha ha terminado sus tareas, que ha aprendido la única lección que el mundo puede enseñar: la lección del discernimiento, y habiendo aprendido a elegir sabiamente entre lo permanente y lo impermanente, desenmascaró a la gran ilusión. Desenmascarar los defectos es la tarea del alma; conservar el equilibrio en medio de las cosas es el camino del Buddha; contemplar la vida pero no dejarse atrapar por ella es la ley del Buddha; salir de la vida y penetrar en nueva vida es el deseo del Buddha. Reunirse con la Causa Infinita, volver a conocer al Radiante Uno del que todo proviene, unificarse con el Eterno Aquello que es suma de todas las cosas, esto es liberación, esto es libertad. Reabsorberse en la Realidad es la meta del Glorioso Buddha.

TERCERA PARTE

LOS DIEZ MANDAMIENTOS DEL BUDDHA

1. No matarás. En la Naturaleza la vida es sagrada. Matar es aceptar el Karma por haber impedido a una vida su ascenso a lo eterno. Matar es obstaculizar una oportunidad de crecimiento, y el que impide a un alma su marcha hacia la eternidad es el más grande de los pecadores. La vida del buddhista es inofensiva. No solamente habrá de abstenerse de matar los cuerpos, sino que habrá de cuidarse mucho de matar las esperanzas del hombre, y mucho menos aún un ideal o una virtud, por descuido o falta de consideración. Para las vidas de los reinos inferiores – animales, plantas y minerales – también demostrará amor y afecto. Y a medida que avance en el sendero, no deberá matar nada del todo, sino que vivirá de los frutos de las cosas y aún eso, a partir del instante de su madurez, el punto a partir del cual caerán por su propio proceso.

2. No robarás. El buddhista no desea lo que a otros pertenezca, y el crimen consiste no solamente en tomarlo sino ya en desearlo. El verdadero buddhista considera pecado aún el hurtar al que mucho tiene, pues ello evidencia la presencia del demonio del deseo, que es el más terrible de todos los pecados. Y no solamente el buddhista habrá de respetar las pertenencias materiales de su prójimo, sino que no habrá de menoscabar su honor, sus esperanzas o cualquier otra posesión moral, ni codiciar el corazón, la mente o el alma de ninguna cosa, ni se apodera de animal, planta u otro ser vivo alguno.

3. No cometerás adulterio. Aquí aparece nuevamente el deseo, incluido entre los grandes pecados. También aquí el buddhista hace resaltar el hecho de que el pecado ya cometido en la mente es más grave que la ofensa realizada en el cuerpo, y el deseo de pecar es una verificación de las enseñanzas del Gran Buddha de que el deseo es el origen del pecado.

4. No mentirás. Para la laicidad buddhista no debe haber falsedad. Se enseña a los buddhistas que la mentira aparece en la Naturaleza como un espíritu maligno, en la que lucha con la realidad del incidente o condición, y es un pecado que haya guerra en todas partes, y que uno que miente asalte la realidad y coloque obstáculos en el sendero de otras almas.

5. El buddhista no ingerirá bebidas alcohólicas. Se dice que el alcohol derrota al hombre y lo entrega a sus enemigos: los deseos; por eso, no ingerirá nada que pueda dificultar su autocontrol ante ellos. Su bebida será el agua y su alimento lo más sencillo posible, porque la sencillez es signo de sabiduría, mientras que la complicación lo es de ignorancia.

6. El buddhista sólo comerá en los momentos establecidos. Él controlará su vida y elegirá ciertos períodos para todos los hábitos de Su vida diaria. Se fija ciertos períodos y obligación demuestra su dominio de si cumpliéndolos inexorablemente. Cuando se desvía de ellos, se pone en evidencia que lo ataca nuevamente su enemigo: el deseo. El hombre corriente, bajo condiciones normales, sólo se compromete a guardar los cinco primeros preceptos. El resto es seguido por los monjes, los aspirantes y discípulos y todos aquéllos que han asumido la responsabilidad del desarrollo y se preparan para el sagrado Sendero del Medio.

7. El buddhista no se adornará, ni usará costosas vestimentas, perfumes, ni se engalanará con flores o cosas análogas. Esta observancia le obliga a no glorificar su personalidad ni a buscar más adorno que su virtud, que es el adorno perfecto y la perfecta joya, y sólo tratará de adornar y glorificar su espíritu. Preservará y cuidará su cuerpo, pero nunca habrá de exaltarlo más allá de su condición humana.

8. El buddhista nunca se sentará en un sitial elevado. Siempre será humilde, comprendiendo que tan sólo en la humildad hay seguridad para las cosas del espíritu. Reconoce al egoísmo como el enemigo mortal del crecimiento espiritual y que el orgullo precede a toda caída. Sólo al perfecto Buddha le corresponde un trono; todos los demás han de prosternarse a sus pies. Tan sólo la perfecta justicia puede ser exaltada a todos los rumbos.

9. El buddhista no participará de diversiones mundanas. No concurrirá a presenciar aquello que excite sus sentidos o que tienda a rodearlo de un ambiente materialista, porque la seducción de la mundanalidad es capaz de hacerle olvidar su falsedad e irrealidad. Deberá permanecer solo y sereno, meditando en cosas elevadas, libre de los enredos de los sentidos.

10. El buddhista no tendrá ni aceptará posesiones. El aspirante busca liberarse de las posesiones y tan sólo valorizará la posesión de la sabiduría, por eso lucha contra la tendencia a agregar a aquello de que trata de separarse.

CUARTA PARTE

LAS DOS GRANDES LEYES

Los buddhistas, en su filosofía, afirman que la ley y el orden son los supremos regidores de la Naturaleza. La ley está más allá de los caprichos del hombre. Es fija y eterna; por eso, la sabiduría consiste en conocer aquellas leyes en que está basado el Plan Eterno y armonizarse con ellas para cooperar con aquél. Para el buddhista hay dos leyes supremas. La primera es la ley de REENCARNACIÓN. Para el cristianismo corriente resulta dificultosa la comprensión de lo que es el ciclo de renacimientos, pero toda persona inteligente deberá llegar a reconocer que es la única respuesta al problema de la desigualdad humana. No puede concebirse que un Padre misericordioso castigue a una vida aún no formada y organice, tan sólo guiado por el capricho, el destino de los seres vivientes. Es injusta, la creencia de que la herencia hace padecer a un alma los pecados de sus padres, y sin embargo la mayoría aparentemente gusta más confiar en los caprichos de la Deidad que aceptar la doctrina que descarga el peso de la responsabilidad de la vida de los hombres sobre sus propios hombros.

La ley de reencarnación es una de las afirmaciones fundamentales de la doctrina buddhista. La reencarnación es, la única concepción de la vida que es universal en oportunidad y personal en responsabilidad. Si bien la aceptación de esta ley no acerca el cielo, disipa al menos la idea de una eterna e infernal condenación, que es el espantajo de la religión cristiana. Si alguien merece el castigo de un infierno eterno de fuego y azufre es el que creó esta idea. No es razonable y es irracional el suponer que una vida, vivida entre un cúmulo de dificultades como las que acosan al género humano deba ser la única oportunidad. El imaginar que como resultado de unas pocas decenas de años vividas aquí abajo, una persona deba ir al cielo o al infierno por toda la eternidad es la mayor de las injusticias que la mente humana pueda concebir.

La doctrina de la reencarnación enseña la igualdad de oportunidades para todos y que no hay privilegios especiales para nadie, siendo el éxito la recompense por buenas acciones y el fracaso el castigo a la indolencia. Descarga la responsabilidad de la salvación humana de los hombros de la Deidad y la coloca donde corresponde: sobre los hombros del individuo. El Buddha enseñó a sus discípulos a trabajar con diligencia por su propia salvación, y la gente sensata sabe que, en último análisis, es éste el único y sólo el único camino de lograr la paz.

La ley de reencarnación justifica y preserva la dignidad del plan de la creación; explica la desigualdad humana, y para quienes deseen realmente ubicarse inteligentemente en la Naturaleza, ofrece el incentivo de su logro final a todo ser viviente; enseña que toda tarea incompleta hoy será exigida mañana hasta que el éxito corone la lucha de todo ser viviente por conocerse a Si mismo.

La ley de reencarnación puede ser definida como la aplicación al caso individual de la conciencia del hombre, de la ley de evolución. Sabemos que las formas evolucionan; podemos estudiar la gradual evolución de la estructura física desde su simple origen hasta su compleja madurez y de allí a su final disgregación. La doctrina de la reencarnación enseña que el hombre evoluciona a través de la Naturaleza y con ella, edad tras edad, y que todas las formas desplegadas en torno nuestro en la Naturaleza son otros tantos testimonios de centros de conciencia que ahora comprendemos son el invisible impulso detrás de cada forma visible. La ley de reencarnación enseña que el hombre vuelve periódicamente a esta tierra física, reiniciando sus deberes en ella en el punto en que los había dejado la última vez, y que este proceso sigue hasta que aprende todas las lecciones que aquí pueden ser aprendidas. Las filosofías de Oriente enseñan que se verifican alrededor de ochocientas encarnaciones en cada oleada de vida, y que el espíritu renace en el mundo físico cerca de ochocientas veces y que otras tantas lo deja mientras el género humano va aprendiendo sus lecciones. El Buddhismo no separa al hombre de la Naturaleza sino que lo considera como un producto de ella, enseñando que está permanentemente controlado por sus leyes hasta que aprende a hallar el Camino del Medio, el cual finalmente lo liberará de la Naturaleza solamente cuando haya superado su ámbito. El Buddhismo hace del hombre un estudiante y de la vida una escuela, y llama días de clases a los períodos entre el nacimiento y la muerte, separados uno de otro por noches de descanso. Con la ley de reencarnación el hombre responde a muchos interrogantes. El buddhista explica por qué algunos nacen ricos y otros pobres, algunos rodeados de la opulencia y otros en medio de la mayor escasez; esta satisfecho con la vida, consciente de que él es la causa de la vida tal como la advierte. Podemos sintetizar esta filosofía con los siguientes pensamientos:

Cada individuo es exactamente lo que él se ha ganado el derecho de ser. Está exactamente en el lugar en que se ha ganado el derecho de estar. Lo rodea aquella felicidad cuyos derechos ha adquirido en el pasado. Se enfrenta en la actualidad con las deudas contraidas en el pasado y que hoy le salen al encuentro. La infelicidad en la presente vida es el resultado del sufrimiento infligido a otros en alguna vida anterior. Si su cuerpo hoy es débil, es porque lo descuidó en su última encarnación. Si hoy no tiene amigos es porque en su última vida no los hizo. El hombre es el resultado de su pasado. Aquellos dones o facultades de que goza hoy son el resultado de su sincero trabajo de ayer, mientras que sus defectos y fracasos lo son del hecho de que en vidas anteriores no se controló a sí mismo y fracasó en la tarea de construir sus virtudes.

De todo lo precedente es fácil deducir la absoluta honestidad de tales puntos de vista, que no dan cabida a la suerte ciega. Causa y efecto rigen este universo, en el que no hay lugar ni para milagros ni expiaciones vicarias, ni mezquindades religiosas. Todo es suprema justicia, inteligencia y compasión.

La segunda de las grandes leyes del Buddhismo es consecuencia obligada de la primera, es la llamada LEY DE KARMA, cuyo significado literal es “compensación”, o causa y efecto aplicados a las acciones de los individuos. Es el mismo contenido del pensamiento que expresara el Maestro Jesús cuando habló de sembrar y de cosechar, cuando dijo que “de acuerdo a lo que sembraréis, aquello cosecharéis”. El buddhista dice que cada uno de nosotros está pagando las deudas contraidas en el pasado y que se está construyendo su destino futuro con su comportamiento diario hoy y aquí. Podemos resumir sus pensamientos concernientes a la Ley de Karma como sigue:

Cada efecto es en naturaleza igual a la causa que lo produce. En el mundo espiritual la acción y la reacción son iguales. Todo pensamiento e ideal en la vida, como actividad, tienen una reacción acorde con y medida por la acción que los producen. Enfermedad, dolor y debilidad son todos resultados de nuestro mal uso y desconocimiento de las grandes fuerzas de la Naturaleza. Cada individuo es personalmente responsable de cada alegría y de cada dolor que encuentre en los caminos de la vida. Por eso, ante todo sufrimiento y todo pesar, el buddhista habrá de ser paciente, consciente de que las causas de todo dolor y todo infortunio que le sobrevengan no son, otras que su falta de consideración para los demás, su fracaso para enfrentar las responsabilidades de la vida, su carencia de autodominio. Reconoce que el vehículo físico, a través del cual se manifiesta su infortunio, no debe ser particularmente vituperado, pues esta condición personal es tan sólo el vehículo mediante el cual actúa la Ley de Karma. También advierte que no solamente pasa a la vida próxima con las impagas deudas de la que deja sino que también lleva consigo todo el buen Karma correspondiente al bien realizado, y que cuando aprende a hacer bien las cosas está engendrando únicamente buen Karma. La Ley de Reencarnación le da la oportunidad de enmendar sus errores. Así, cualquiera sea su actual nivel físico o espiritual, será algún día perfecto como es perfecto el Padre de los cielos. Esta es la Ley de Karma.

Estas dos leyes son la columna vertebral del Sistema Buddhista. La actitud absolutamente impersonal y justa ante la vida es una de las más significativas glorias de la antigua fe buddhista. Ella considera superior la virtud a la riqueza y coloca la integridad por encima de todos los tesoros. La perfección se alcanza con los actos, y no por la oración, y la fe del Buddha ofrece la gran esperanza, aún a la piedra y al leño, pues todo tiene su lugar en la Naturaleza, pues todo está incluido en el Gran Plan evolutivo, en el que la perfección aguarda a todas las criaturas.

QUINTA PARTE

LAS DOS GRANDES VIRTUDES

Aquéllos que se empeñan en comprender el Sendero del Medio del Señor Buddha habrán de deducir dos grandes virtudes, pues este Sendero es de doble esencia; y quienes lo huellen tendrán que realizar esta tarea desarrollando, por encima de cualesquiera otras, las virtudes de la COMPASIÓN y de la RENUNCIACIÓN.

El aspirante buddhista busca constantemente transmutar la pasión humana en divina compasión. Comprendiendo que todas las cosas, cuando son naturalmente usadas son buenas y que son perjudiciales cuando se las utiliza antinaturalmente, busca convertir los deseos e inclinaciones personales antinaturales en las naturales bondad y consideración que deberán ser siempre los rasgos distintivos de nuestra interrelación como seres vivientes. El buddhista es adoctrinado en el sentido de servir a la vida, de colaborar con la vida y de reconocer la vida divina en todo. Esa vida a la que sirve es aquel invisible germen espiritual de autoconciencia que está oculto en los cuerpos incompletos de las cosas con las cuales entra en contacto.

El estado de compasión va creciendo gradualmente en lo íntimo del ser del buddhista, hasta que sólo vivirá para hacer el bien, sirviendo a la vida divina que ha aprendido a reconocer en todo; abrigará la convicción de que la más grande sabiduría es la capacidad de reconocer el bien existente en todas las cosas. Esa convicción a menudo es destruida u obstaculizada por la ignorancia y el dolor, pero el buddhista se ha decidido a servir a ese bien, a esa esperanza existente en todo. Podríamos definir su compasión como amor impersonal. En lugar de centrar su afección en una sola cosa, el buddhista la vuelca al servicio y protección de todas las cosas, y entonces se dice de él que es compasivo y sabio. Considera a las hojas de hierba y a las piedras como sus hermanos menores, sabiendo que a su debido tiempo, a través de la evolución, llegarán a ser humanos, tal como él lo es actualmente, y viendo en su mudo y doloroso testimonio las etapas de crecimiento a través de las cuales pasara su propia alma, las considera con cariño y las asiste en sus necesidades. Luego se vuelve hacia el sol, la luna, las estrellas y los invisibles Devas, anhelando el día en que será como ellos, refulgente luz en los cielos. Aprende que toda forma de vida evoluciona y que servirá mejor a las cosas cuando coopere con esa evolución. De este modo, sin malicia para con nadie y caritativo con todo, reconociendo en toda diferenciación la presencia de la vida una en una determinada etapa de su peregrinación, también aprende no a juzgar ni criticar a las cosas sino simplemente a amarlas y servirlas sin egoísmo y sin reserva. Su fe le hace ver que cuando ama a todas las cosas como propias y a las propias como a todas, las frágiles humanas emociones ceden su lugar a mayores y divinos sentimientos. El buddhista sabe que cuanto más impersonales son sus sentimientos más semejantes serán a los de Dios, porque Dios ama a todas las cosas por igual y que, mientras no personifique a Dios, creerá en Su omniprotectora presencia, que representa la culminación de la sabiduría y de los verdaderos sentimientos. Tales fueron las enseñanzas de Su Señor de Compasión y Maestro, y a ellas rinde reverencia.

La Segundo gran virtud que debe adquirir el buddhista es la renunciación. Debe renunciar al yo; debe renunciar a la posesión de un yo; debe renunciar a la personalidad y a las creaciones de la personalidad, porque todo eso son causas de dolor; todas esas cosas ciegan los sentidos y atan la conciencia a la Rueda de la Vida. Su ideal será apartarse totalmente del mundo material y de sus leyes hasta que, viviendo en él sólo como una criatura física, exista tan sólo para el bien que está a su alcance realizar. Cree que será feliz únicamente si se olvida de si mismo y que su alma no alcanzará la paz hasta que él está tan ocupado auxiliando a los demás que ya no pueda pensar en si mismo. Cree que todos los vicios nacen de la ociosidad, todos los sufrimientos del amor y del odio y que todos los desastres se derivan de la acumulación excesiva de bienes materiales. Renuncia al mundo tratando de atravesar el velo de la ignorancia humana elevándose por encima de todas las cosas que encadenan a los sentidos e insensibilizan al alma.

Si quien ha renunciado a todas las cosas también ha renunciado a la facultad de perderlas, ¿cómo podremos ser felices con ese sentimiento de pérdida? Pues porque no siendo dueño de nada, no poseyendo nada, no deseando nada el hombre es el amo de todas las cosas, porque no deseando nada es dueño de todo cuanto pudiera desear. Debe tenerse muy en cuenta que estas concepciones buddhistas no han de ser aceptadas tan solo intelectualmente, porque la mera aceptación intelectual de las mismas es tan útil como un libro sobre alimentación a un hambriento. Tan sólo cuando se convierten en realidades conscientes es que realmente cumplen con su finalidad. El hombre no puede aprender solamente aceptando cosas sino únicamente siendo tales cosas. Como diría el buddhista: no soy egoísta y no puedo, por tanto, ser ofendido, no me resiento porque soy libre de pasiones y deseos; los celos no pueden hacer presa de mi porque no amo unas cosas más que otras; como soy libre del afán de posesión no me aflige la pérdida de algo; ni la crítica ni la gratitud me acongojan, porque sirvo a todas las cosas por amor a ellas mismas y no con la esperanza de recompense alguna. Por todo ello, no sufro ni tampoco soy feliz, porque la felicidad no puede existir sin el sufrimiento ni el sufrimiento sin la felicidad. Me afirmo en el Sendero del Medio, entre ambos extremos, y permanezco sereno, dignificado e inconmovido, pleno de una paz que sobrepasa toda comprensión, calmo y seguro en el conocimiento de la inmortalidad, libre del tormento de los apetitos, de las limitaciones de los sentidos, de la esclavitud de la mente, y de la incertidumbre de la ignorancia. Tengo aquello tras lo cual se afanan los hombres: la cesación del dolor y el despertar de la plenitud. Firme en la determinación, todo me pertenece porque nunca lo reclamo, y no reclamándolo, nunca mi posesión me es disputada.

SEXTA PARTE

EL NOBLE ÓCTUPLE SENDERO

Son estas las santas perfecciones o senderos de iluminación tal como las transmitiera el tres veces bendito Señor del Loto a sus discípulos, congregados a sus pies, y que conciernen a aquellas cosas que conducen a la cesación del sufrimiento, al fin del dolor, a la vida plena y a la liberación de la rueda. Son los pétalos del sagrado loto que, floreciendo uno tras otro, revelan el áureo corazón, la perfecta ley.

La primera virtud del noble óctuple sendero es la RECTA CREENCIA.

Si alguien tiene un punto de vista sano respecto a la vida, será todo lo relativamente feliz que puede ser una criatura que encierra en si mismo el elemento de la ignorancia. En cambio, es imprescindible para el progreso del alma humana el tener un punto de vista normal de la vida, y una concepción correcta de la relación de nuestra pequeña vida en la carne con nuestra gran vida en el universo. El mundo está lleno de gente morbosa y neurótica que todo lo ven sombrío, lleno de corazones quebrantados y de seres desilusionados; de hombres y mujeres disconformes con la vida, prestos a abandonar la lucha por sentirse demasiado débiles ante lo aparentemente inevitable. En otras palabras, el mundo está lleno de seres que no encaran sanamente la vida. Quienes encaran sus pesares con paciencia y enfrentan sus problemas con serenidad, aquéllos que ven en cada desilusión un estímulo para mayores conquistas, ésos poseen el recto punto de vista para con la vida. Los que resurgen triunfantes como el fénix de entre la ruina de los propios sueños, ésos son los que han comprendido el primer precepto de oro del óctuple noble sendero.

Recta creencia en si mismo y en los demás, un punto de vista que no sea ni de censura ni de aspereza, ni crítico ni impertinente, pero siempre confiado en el triunfo final del bien, apoyando siempre a las fuerzas del bien, tal es el recto punto de vista y la recta creencia.

La segunda virtud del noble óctuple sendero es la RECTA ASPIRACIÓN.

Recta aspiración significa que aquello a que aspiremos sea valioso para nosotros. Tienen recta aspiración aquéllos que aspiran a la sabiduría suprema, al máximo bien, al pleno desenvolvimiento de la propia naturaleza, a una más estrecha unión de las partes al todo en si mismos, a una clara visión de que siempre debe discernirse lo verdadero de lo falso, lo permanente de lo transitorio, lo superior de lo inferior. También aspiran rectamente quienes buscan controlarse a si mismos, coordinar sus facultades individuales, liberarse de los apegos, educarse, desarrollarse e iluminarse acerca de ellos.

Los que buscan la opulencia, el ser apreciado por lo que ellos aprecian, el dominar a los demás, el ser reverenciado por los hombres, esos sustentan aspiraciones erróneas, pues marchan en pos de cosas que sólo acarrean dolor a su poseedor. Es recta aspiración el buscar la verdad y el dominio de si mismo, con sus principales frutos la virtud y la compasión. Tales las enseñanzas del glorioso Buddha.

La tercera virtud del óctuple noble sendero es la RECTA PALABRA.

Recta palabra significa que ha de cuidarse que no salgan por los labios sino palabras de estímulo, amabilidad y servicio. Es un pecado el mucho hablar, así como el pronunciar palabras hirientes o de crítica. Ninguna argumentación producirá sabiduría ni la discusión verdad alguna. Que nuestras palabras sean pocas y amables, bien escogidas, y dichas en voz no muy alta; que ellas sean para glorificar al Gran Uno, como un incienso que asciende hacia el Altísimo. Que nuestra lengua predique un evangelio de bondad y compasión. Utilizar la boca para la murmuración ociosa, la difamación y la calumnia es el peor de los pecados, pues todo eso son ofensas para los oídos de Dios. El que usa su lengua como espada será cercenado por su misma arma. Antes al contrario, que trate de imitar al Señor Buddha, cuyos labios de loto, al abrirse, eran como vida para el hombre, y cuyas palabras eran como perlas para ser atesoradas y reverenciadas todos los días por todas las generaciones. Esta es la recta palabra, la de palabras que deben ser guardadas en el corazón de quienes las oyen y adoradas en el alma de aquéllos que las pronunciaron, y que suenan para el alma como suave murmullo de aguas que fluyen tranquilas, puras e inmaculadas.

La cuarta virtud del noble óctuple sendero es la RECTA CONDUCTA.

El aspirante a la sabiduría se destaca entre sus semejantes por su conducta, por la sencillez de sus modales, por la gracia y la dignidad de su alma que irradia esplendorosa a través de su cuerpo, cualquiera sea la conformación de éste; jamas se muestra ruidoso ni apresurado, y por cada palabra que pronuncia escucha doce. Nunca descortés ni ofensivo porque no olvida su relación con quienes lo rodean, ni la amabilidad que se les debe. Cuando es el anfitrión es considerado con sus invitados y cuando es el invitado es considerado para con su anfitrión. No hiere los sentimientos de nadie, pero predica el evangelio del Sendero del Medio con la gracia y la belleza de Su espíritu.

No participa de discordias ni conflictos, ni se inclina ni a favor ni en contra. Careciendo de prejuicios, no tiene ni posición ni egoísmo que defender. Sereno, sencillo y pacífico entre los combativos, callado entre los locuaces, equilibrado entre los excitados, viviente entre los muertos, huella el Sendero del Medio sin desviarse siquiera un instante. Quien controla su lengua, su mano, su pie, su mente y su corazón, ése no puede sino obrar rectamente.

La quinta virtud del noble óctuple sendero es la. de que CADA UNO DEBE ADOPTAR UN RECTO MEDIO DE VIDA.

Al discípulo le está vedado emprender toda actividad contraria a sus principios, porque éstos no pueden mantenerse cuando se los enfrenta unos a otros. Si mentir le es violento, no emprenderá nada que requiera mentir. Si para él nada significan ya los oropeles, debe abstenerse de usarlos. Si no aprecia ni el comprar ni el vender, no debe acudir a medios de vida que impliquen violencia contra ésta su concepción de la vida. Ningún individuo sincero, independientemente de sus creencias, será capaz de tener dos morales, una para sus negocios y otra para su vida privada, una para con el prójimo y otra para consigo mismo. Tener dos patrones de medida es como no tener ninguno. Por eso, recto medio de vida significa que cada cual ha de adoptar un trabajo acorde con los principios que busca desarrollar dentro de si mismo.

Recto medio de vida implica también recta forma de vivir, recta alimentación, recta vestimenta, recto medio ambiente, recta armonía entre la vida privada y la vida externa. Todo esto es previo y necesario para que pueda brotar la sabiduría en el alma, porque ella es una perla inapreciable y nadie puede conquistar este incomparable tesoro sino después de las más grandes luchas. No es fácil ser firmes, pero tan sólo los firmes pueden aspirar a la sabiduría, porque firmeza y sabiduría son sinónimos.

La sexta virtud del óctuple noble sendero es el RECTO ESFUERZO.

Todo se logra como resultado de un esfuerzo. Siempre debemos esforzarnos, pero deberemos esforzarnos inteligentemente, de otro modo nuestro esfuerzo no produciría ningún resultado. Se enseña al discípulo que desear algo sin estar dispuesto a esforzarse para merecerlo es un gran pecado; también se le enseña que en el mundo espiritual el candidato no puede aspirar a nada que no esté dispuesto a pagar en la moneda corriente en el plano en que se efectúa la transacción. Todo les llega a aquéllos que se esfuerzan, y quienes lo hagan sinceramente obtendrán aquello por lo que luchan. La palabra SINCERIDAD preside el principio del recto esfuerzo. Si vuestro motivo no es sincero, lo que se logra no servirá a los fines de la verdad que se persigue. Al discípulo buddhista se le adoctrina en el sentido de que debe ser sincero y honesto, y que toda otra clase de intención que no sea sincera y honesta es fatal. Si desea poder para imponerse a los demás, no es sincero, y cualquier forma de poder que adquiera sólo servirá para perjudicarle; pero si lo que desea, es inteligencia para emplearla en ayudar e iluminar a los demás, entonces es sincero y obtendrá todo el poder que no desee para si mismo.

El Sendero del Medio es el Sendero de la sinceridad, en el cual la mente y el corazón se esfuerzan juntos para construir el carácter. Recto esfuerzo es hacer lo correcto, porque es lo recto, es tener recta intención, y todo es bueno o malo según la intención que a ello nos impulsa.

La séptima virtud del óctuple noble sendero es la RECTA ATENCIÓN.

Al discípulo se le enseña a estar siempre atento. La tarea de la mente es estar siempre alerta, anticiparse a las necesidades de los demás y en meditar acerca de las necesidades del Yo Superior. Es tarea de la mente el discernir entre necesidades y deseos y quien pueda hacerlo será verdaderamente sabio.

Cuando se ha alcanzado el dominio de la mente, todos los pensamientos son buenos y la vida será inofensiva.

Más de un pecado es cometido primero en la mente de alguien que es lo suficientemente fuerte como para no materializarlo pero cuya pensamiento, como cosa animada, se introduce en la mente de otro que es débil. Éste comete el crimen, pero, ¿quién es el verdadero culpable? La ley no puede responder, pero el místico sabe que quien condena es uno en cuya mente el mal pensamiento nació primero. La cortesía, la amabilidad, la consideración de las necesidades de los demás son virtudes de la recta atención, y ellas contribuyen en gran medida a hacer del mundo un lugar más habitable; porque grande es quien puede poner en orden la casa de su mente y puede expulsar a los mercaderes y prestamistas del templo de sus pensamientos tal como lo hizo el Maestro Jesús con los del Templo de Jerusalén.

La mente es siempre crítica, destruye, diseca y analiza, buscando constantemente las diferencias, y esto no está bien. La recta atención se cimenta en aquello que todos tenemos en común, erigiendo con la fuerza de sus pensamientos, la concepción espiritual de la fraternidad, que alguna vez habrá de imperar en la tierra.

La octava virtud de noble óctuple sendero es la RECTA MEDITACIÓN.

En realidad esto pertenece a las prácticas místicas y ocultas de los buddhistas tanto como a aquellos períodos de la vida durante los cuales el alma se repliega para habitar en el silencio y en las profundidades de su propia naturaleza. En el mundo Occidental son pocos los que se atreven a penetrar en el templo de la soledad porque sus vidas son tales, que los pensamientos son sus enemigos en lugar de ser sus amigos. El mal que han causado, los fracasos que han tenido, se atropellan cual cortejo fantasmal en cuanto hay un poco de silencio en sus mentes. Los temores futuros son una obsesión, y los del pasado una abrumadora marea. De ahí que viven en un deplorable torbellino de falsedad para escapar a los pensamientos que los asaltarían si estuviesen solos.

Los buddhistas enseñan que hasta que el hombre no pueda encarar sin temor su propia vida, meditar sobre sus propias acciones y esforzarse honestamente para que éstas sean correctas, no estará preparado para el Sendero del Medio. Meditando acerca de la Realidad con exclusión de todo lo demás, con el ojo de su alma abierto revelándole el espíritu de todas las cosas, el glorioso Buddha entró en el Nirvana. En menor escala, cuando el discípulo se sienta para su diario coloquio consigo mismo, tan necesario para el verdadero desarrollo del alma, se separa, por un instante, de su cuerpo y mente, y considera el conjunto de sus acciones, marchando así desde la sombra de lo temporal hacia la luz de lo eterno, siendo éstos aquellos anhelados instantes de la jornada en que, a pesar de estar rodeado de dificultades, se aparta del mundo en el estado de equilibrio interior habitual del monje, morando en el espíritu del Buddha, la eterna luz. En esto consiste la recta meditación: en que el espíritu humano debe ubicarse por un instante en la cumbre y contemplar desde allí todo su universo. Separado por un momento de sus gustos y aversiones, de todo cuanto es personal, verá con nitidez la finalidad de todas las cosas. Fortalecido por su realización, profundizado por su santa comunión, expandido por la luz que se le revela, el aspirante retorna a sus diarias tareas inspirado por su visión que le atestiguan sus momentos de recta meditación.

SÉPTIMA PARTE

EL NIRVANA:

CULMINACIÓN DE LA EXTINCIÓN

La mayoría de los occidentales que estudian la literatura de Oriente llegan a conclusiones erróneas en lo que se refiere a la doctrina oriental del Nirvana. Se lo ha interpretado como queriendo significar el fin de las cosas, pero no es este su significado intrínseco.

El del destino final del alma humana es uno de los problemas acerca del cual poco es lo que en forma definida puede decirse. La mente humana parcialmente desarrollada como hasta al presente, es incapaz de pensar o siquiera de especular inteligentemente acerca de las finalidades últimas. A la mente le es filosóficamente imposible conjeturar con éxito o inteligencia fuera del dominio de lo conocido; por eso es que cuando creamos imágenes mentales acerca del futuro nos vemos obligados a pintarlas con los colores del presente. Cuando especulamos acerca de lo infinito debemos hacerlo en términos de lo finito, y así, nuestras especulaciones, en lugar de llevarnos a los dominios de lo infinito, lo único que hacen es traer lo abstracto dentro de la existencia limitada que corresponde a nuestra área de acción.

El Nirvana, el fin de todos los comienzos, es la meta final del buddhista. Implica mucho mas que un cielo. Es una condición de absorción, un estado de eliminación de lo personal en el cual lo múltiple es reabsorbido en el Uno. Muchos arguyen que esta absorción final es contraria a la ley del eterno progreso y que hace de la vida algo inútil, pues se preguntan: ¿para qué se nos dio una inteligencia si finalmente hemos de perderla?, ¿por qué hemos de sufrir experiencias si luego la memoria, como facultad de recordarlas, habrá de ser destruida? Aún muchos buddhistas no comprenden cabalmente la doctrina del Nirvana, porque ella implica un estado tetradimensional de conciencia que no puede ser conceptualizado porque carece de análogos o paralelos. La doctrina puede expresarse como sigue:

Después que cesa el giro de la Rueda de Nacimientos y Muertes, y la evolución lleva al espíritu del hombre hasta el punto en que absorbe en el Yo todo lo que el no yo pueda dar y extrae del mundo objetivo todas las lecciones de la existencia, queda libre del ciclo de la existencia, porque en la inherente naturaleza del espíritu no entra ninguna de aquellas facultades o funciones concretas que lo aferran a los planos, de la manifestación objetiva. El hombre es un complejo, y sus partes principales son el cuerpo y el espíritu. Gradualmente el cuerpo se va transmutando en cualidades anímicas, las que a su vez son absorbidas en la naturaleza espiritual. Cuando este proceso de transmutación se completa, el individuo deja aquellos planos de la Naturaleza que existen para quienes todavía se debaten en su naturaleza material, y se incorpora a los mundos de naturaleza espiritual. El espíritu es tetradimensional, interpenetrante, está en el centro de todas las cosas y es a la vez la suma de todas ellas; su centro no esta en parte alguna y su periferia en todas. El individuo desaparece como personalidad cuando sus cuerpos inferiores, que originan la ilusión de la existencia de una personalidad separada, son transmutados en cualidades del alma; y deja a su vez, de existir como individualidad cuando la mente es absorbida en la naturaleza espiritual. Si bien han desaparecido aquellas características por las cuales era posible reconocer tal individualidad, su naturaleza espiritual no es ni interferida ni perjudicada. Quienes han entrado en el Nirvana no han cesado de ser unidades de conciencia, pero a semejanza del universal espíritu en que moran, han expandido su conciencia a todo el ámbito espiritual, y como resultado de ello se unifican con el núcleo espiritual subyacente en todas las criaturas. El espíritu que ha logrado tal grado de desarrollo no aparecerá ya más en el mundo como una personalidad. No tendrá discípulos , no predicará. Podríamos decir más bien, que predica a través de todos los seres, pues se manifiesta desde el núcleo de sustancia espiritual residente en todas las cosas, convirtiéndose en un poder benefactor en el universo y en una aspiración en el alma de cada cual. Por eso, continuará como un principio, y sus realizaciones se convierten en el anhelo de realización en la vida de todas las cosas. Tal ser ha alcanzado el aniquilamiento como hombre o como mujer, pero como un espíritu divino recién ha encontrado la oportunidad para un magno servicio. A menudo repetimos la frase de “el Cristo en vosotros, la esperanza de gloria”. Se enseña en Oriente que cuando uno de nuestros hermanos mayores alcanza el Nirvana y cesa como personalidad, deviene un gran impulso para la vida de todas las cosas; incrementando en cada criatura el poder de alcanzar lo que Ellos han alcanzado y la capacidad de cada alma dándole el fruto de su propio crecimiento espiritual. Por eso se dice que el espíritu muere para el mundo de los efectos al alcanzar el Buddhado y nace en el mundo de las causas, para formar parte integrante de aquel, gran océano de inmortalidad que llamamos espíritu, o gran océano de cristal ante el escaño de la Divinidad.

La vida no cesa; el individuo pasa; así como la evolución enseña que el individuo alguna vez habrá de fragmentarse en un sistema solar hecho de millones de partes, al unificarse con la vida y el espíritu de cada una de esas partes, así también se enseña que en la consecución del Nirvana la personalidad es fragmentada en millones de partes que se convertirán en partes de la personalidad de la Naturaleza, pero que aún son una conciencia, así como Dios es uno pese a la existencia de millones de Sus Partes. Al alcanzar el Nirvana el espíritu llega a una etapa en que puede ser dividido en millones de partes y sin embargo seguir siendo uno. Tal es el Nirvana de Oriente: que el individuo participará de todas las cosas, que llegará a ser un estímulo interno para la realización del alma de todas las cosas, un impulso dentro de la naturaleza de las cosas, una voz clamando en el desierto del mundo, intercediendo, desde lo íntimo de quienes aún actúan en sus cuerpos inferiores, para que puedan unirse a aquella corriente ascendente que siguiendo el Sendero del Medio desemboca en la conciencia de la unidad al perder su ilusión de separatividad.

El Nirvana, el final de todo cuanto tuvo un comienzo, es aquel punto en que el hombre se reunifica con el Yo, consciente con la conciencia del Yo, y consciente más allí del dominio del Yo.

OM MANI PADME HUM.

 




 

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